Todos los días de mi vida

Capítulo 1

Marco.

            El día había despertado gris, amenazaba con lluvia. Llevaba despierto varias horas y el médico aún tardaría en venir a verme. Tenía la esperanza de que me trajera buenas noticias, las necesitaba.

Estaba cansado de encontrarme en aquella habitación solo con la compañía de aquella carta. Me levanté de la cama y me dediqué a dar varias vueltas entre aquellas cuatro paredes, como si eso me ayudara a esclarecer todo lo que se me pasaba por la cabeza.

Cogí aire con todas mis fuerzas hasta llenar mis pulmones, y presioné el puente de mi nariz, frustrado, volviendo a las mismas preguntas que se repetían en bucle una y otra vez, sin poderlo controlar, sin poderlo parar.

Tras un buen rato, cansado de no conseguir nada, me senté, acaricié mi pelo y miré esos folios esparcidos que había dejado sobre la mesita, junto a la cama.  Un nudo de emociones se instalaba en la boca de mi estómago solo con recordar todo lo que tantas veces había leído desde que desperté. Cerré los ojos en varias ocasiones y recé, recé como nunca para poder despertar cuanto antes de esa maldita pesadilla. Necesitaba enfrentarme al mundo, a mi familia…, a esa chica que, por mucho que me esforzaba, no conseguía recordar.     

No lograba entenderlo.

Resoplé volviéndome a levantar, no conseguía sentirme cómodo de ninguna manera. En un intento por tranquilizarme, recorrí de nuevo la habitación… Me ahogaba, no podía respirar. Lo único que quería era poder salir de aquel hospital cuanto antes; comprobar con mis propios ojos, escuchar con mis propios oídos, que todo lo que ahí se contaba, era verdad.

Bella…, su dulce cara se aparecía en mi mente, el día de su nacimiento…, tantos y tantos recuerdos vividos con ella… ¿Cómo no iba a ser hija mía? Era de locos. Nada tenía sentido.

Unos golpes suaves en la puerta me hicieron parar en seco despertándome así de mis pensamientos. No me dio tiempo a abrir la boca en cuanto esta comenzó a abrirse. El corazón se me aceleró y en cuanto vi a mis padres entrar acompañados del neurólogo, el doctor Tejón, sentí que volvía a respirar.

    —¡Buenos días, Marco! ¿Qué tal se encuentra? —El doctor llevaba una carpeta bajo el brazo. Caminó hasta ponerse delante de mí—. ¿Qué tal has dormido? —Le estreché la mano sintiéndome más relajado y nos sentamos en el filo de la cama. Mis padres se sentaron junto a un pequeño sofá que quedaba a la izquierda, bajo una gran ventana que, en ocasiones, me hacía sentir un poco libre.

    —Bueno, he tenido noches mejores —dije un poco apenado. No lograba dormir bien. Sus ojos curiosos, se desviaron hasta la mesita de noche. Sé que miraba la carta, esos folios esparcidos que deseaba olvidar con todas mis fuerzas. Toqué mi pelo nervioso y cogí una bocanada de aire. Sabía de antemano que volvería a hacerme la misma pregunta.

    —Sí, he vuelto a leerla —me adelanté. Ya había perdido la cuenta de cuantas veces lo hice. Podría decir que hasta me la sabía de memoria.

    —¿Y alguna novedad? —Miré al doctor a los ojos.

    —Lo siento. —Negué con la cabeza.

    —No te preocupes, ya sabes que debes seguir mi consejo. Debes estar tranquilo, relajado, para que los recuerdos fluyan.

    —De acuerdo. —¿Qué otra cosa decirle delante de mis padres? Sabía lo que mi madre estaba sufriendo con todo este tema. Y con la única persona que podía consolarme, era con la psicóloga, Gaia. Una chica recomendada por el doctor Tejón y que mis padres no tardaron en contratar.

Levantarme de la noche a la mañana, descubrir que había estado dos meses en coma, que no recordaba nada de mi último año y que había estado dos años de mi vida engañado por la mujer que creía mi amiga, era muy doloroso.

    —Podría decirle a Laura que entre. El doctor estará delante, Marco —mi madre no tardó en hablar.

Suspiré en silencio.

    —¿Podrían dejarnos un momento a solas, por favor? —intervino el doctor.

Cómo se lo agradecí…

    —¿Qué te ocurre? ¿Qué sientes? —El doctor abrió la carpeta que había dejado sobre la cama, sacó una pluma del bolsillo de su bata y se preparó para escribir.

    —Me abruma toda la información que estoy recibiendo. Necesito canalizarla de alguna manera y me niego a no poder recordar nada. 

    —¿Qué tal te va con Gaia? —Me lo quedé mirando algo confundido. Creía que recibía todos mis informes.

    —Estoy siguiendo sus consejos, bueno. —Me encogí de hombros—, las sesiones se están basando en hablar de mi infancia… —Bajé la mirada—. Y alguna que otra técnica de relajación, pero dudo —le miré a los ojos—, de que eso funcione conmigo.

    —Marco, la relajación funciona con todo el mundo, se basa en una técnica que, a algunos, lleva más trabajo que a otros.

    —Eso mismo dice ella.

Hubo un pequeño silencio y sentí que la habitación encogía.

    —Sé que es muy difícil. —Colocó su mano en mi hombro—. Y más en tu caso. El golpe que recibiste provocó una fuerte lesión que no te permite recordar todos estos meses atrás.

    —¿Esto puede durar toda la vida? —Casi no me salía la voz y aunque ya sabía la respuesta, no pude evitar volver a preguntar. 

    —Hay casos en los que el paciente no es capaz de recordar nunca lo ocurrido un tiempo antes del accidente; otros, con el paso de los días…, meses… o incluso años, pueden lograr recordar.  —Lo miraba atento con los ojos bien abiertos, como si fuese la primera vez que lo escuchaba ¿Años…, meses? Terminaría volviéndome loco—. De eso depende mucho los factores que, por desgracia, no están en nuestra mano.

    —¿Y entonces? —Necesitaba respirar con urgencia.

    —Le pedí a Laura que hiciera el esfuerzo de plasmar en un papel, todo vuestro último año juntos y, así, comprobar tu reacción. Pero, lamentablemente, no hemos tenido la suerte que esperaba.

    —¿Creías que, con una simple carta, terminaría acordándome de todo? ¿Así de simple? —me encogí de hombros.

    —Solo esperaba que algo de todo lo que ella cuenta ahí te sonara, te hiciera reflexionar, para así llegar a recordar algo. El cerebro está lleno de conexiones que se encienden a medida que te suena una palabra, un olor, el tacto de algo…

 El nudo de emociones rasgó mi garganta al tragar.

    —Nada de lo que ella cuenta me suena. —Mordí mi labio inferior reteniendo mi frustración.

    —Las mujeres tienden a observar las cosas de una manera diferente a la nuestra.

«Será eso» me dije.

Abrió de nuevo la carpeta y extrajo unos informes. Se me acelero el corazón al pensar en la posibilidad de que no volvería a pasar una noche más allí.

    —Después de una semana despierto y viendo que todo va correctamente, quitando tu falta de memoria, creo que ya es hora de que salgas ahí fuera y te enfrentes al mundo, dejando en tu mano que hagas todo lo que puedas para darle a tu vida eso que le falta.  —Asentí en silencio—. Te he programado una cita de valoración para dentro de dos semanas, que sigas con la rehabilitación y sigas visitando a Gaia.

        —No lo dude. —Me levanté.  Sonreí emocionado. Él también se puso en pie.

    —Hablo con tus padres para darles la noticia, mis recomendaciones para que puedan echarte una mano en lo que puedan y bueno… —Me estrechó la mano con fuerza—. Vete preparando para salir y enfrentarte al mundo ahí fuera.

     —Muchas gracias, doctor. —Apreté su mano con fuerza, queriéndole trasmitir así toda mi seguridad tras haber hablado con él.

    —Gracias a ti, Marco. Mira. —Se acarició la mejilla tras soltar mi mano—. Hubo un momento, para serte sincero, en que pensé que te ibas. Ojalá todo vuelva a la normalidad. —Los dos sonreímos.

No tardé en prepararme tras quedarme solo en la habitación. Pensé en todas las respuestas que buscaría una vez que pisara el suelo fuera de estas cuatro paredes.

No estaba preparado para enfrentarme a ella, a la mujer que decía ser la mujer de mi vida. Solo de pensarlo me entraba angustia y me quedaba sin fuerzas. ¿Yo, prometiendo amor eterno? No, definitivamente ese no era yo. Echaba de menos mi casa, así que primero me iría directamente allí, me daría una ducha relajante y pensaría qué respuestas querría primero. Sin darme cuenta, mientras pensaba, por inercia guardé la carta en el bolsillo trasero de mis vaqueros y, justo en ese momento, mi querida hermana mayor, Melissa, mi amiga después de todo, la que siempre cuidó de mí, accedió a la habitación. Emocionada, se acercó y nos fundimos en un bonito abrazo. Toqué su pelo e inhalé su dulce aroma a vainilla.

    —Dios, cómo te echaba de menos… —dije a punto de romper a llorar.

    —¿Cómo te encuentras? —Se separó un instante y me miró a los ojos.

    —Ahora mucho mejor sabiendo que me marcho de aquí. 

Sonrió…, sonreí.

    —Mamá me ha pedido que me asegure de que sigues todos los consejos del doctor.

Suspiré a sabiendas de que no me quedaría otra opción y volví a abrazarla de nuevo.

    —Laura está ahí fuera. ¿Quieres…

    —Necesito tiempo, Melissa —dije al fin, mirándola a los ojos.

    —Vale, vale… tranquilo, ella lo entiende. —Tragó con dificultad—. Todos lo entendemos. Pero… ¿y si la ves? Tal vez sea buena idea…

    —Melissa, por favor, no insistas. Ahora lo único que quiero es disfrutar de mi familia. —Miré a mi alrededor—. Y salir de aquí de una vez por todas—.  Necesito ver a Bella.

Se apartó confundida.

    —¿A Bella? —No supo cómo reaccionar—. Marco, no es tu hija. ¿Acaso no hemos hablado ya de este tema?

    —Aparte de hablarlo, también lo he leído —mi voz sonó molesta. —Pero necesito ver a la niña, para mi es mi hija y eso no puede cambiar.

    —¿Y has pensado que puede que Mónica no te deje verla?

    —La conozco bien, Melissa, me dejará.

     —Creo que no has leído la carta lo suficiente, que no te ha valido todo lo que yo te he contado, lo que esa mujer ha hecho.

Cogí aire, lo último que quería era discutir con ella.

    —Necesito hacer las cosas a mi manera, por favor… —mi voz sonaba a súplica. Y, tras una larga pausa, por fin habló:

    —Vale, yo te llevaré. Dame un momento para decirle a papá que se encargue de llevar a Laura a su casa. —Me señaló con el dedo en modo de advertencia—. Me debes una.

    —Te lo prometo.

Esperé en la habitación varios minutos a la espera de que Melissa regresara.           

    —¿Listo? Ya puedes salir.

    —Gracias.

    —No me des las gracias, te saldrá caro, que lo sepas.

Salimos y mientras no dejaba de mirar a mi alrededor, como cual niño asustado, entramos en el ascensor. Tras pasar por las puertas, respiré fuerte. El aire me sabía a libertad.

Subimos al coche, cerré los ojos y sonreí, volviendo a llenar mis pulmones de aire.

    —Qué ganas tenía de salir de aquí —dije en cuanto el coche se introdujo a la carretera.  

—Demasiado tiempo encerrado—, mi hermana me miró un instante.

    —¿Qué tal el trabajo? ¿Algo importante que debas contarme? En este tiempo no hemos hablado de casi nada.

 Ella también suspiró, supongo que sabía que lo que quería era librarme del tema carta, tema recuerdos…, tema Laura.

    —He tenido que reducir la plantilla. —Le mire atento. —La ayuda de papá no era suficiente. No estábamos con ánimos pensando en que podíamos perderte y aunque Laura. —Tragó saliva y volvió a mirarme—. Ha puesto mucho de su parte, trabajando desde casa o acompañando a papá a varias reuniones, no ha podido ser. Así que, debido al poco volumen de trabajo, tuve que hacerlo.

    —¿Y Leo?

    —Leo también nos ha estado ayudando mucho.

  Silencio.

     —En la carta… —Confundido, miré a mi hermana.

    —Han pasado muchas cosas desde el accidente y vale, puede que lo que Laura te haya escrito, te haya puesto en alerta sobre el —suspiró, pero no es así, demasiadas coincidencias.  Leo nos ha demostrado que se puede contar con él. —Me miró divertida—. ¿Celoso? —sonreía algo pícara.

    —¿Celos por una chica a la que no conozco… —no tardé en corregirme—, de la que no recuerdo nada de ella?

    —Solo era una broma, tonto. —Melissa accionó el intermitente de la derecha y en cuanto pudo, tras parar un instante, giró.

    —¿Puedes contarme algo sobre Laura y yo? —al final, tanto desviar el tema, yo mismo volví a él.

 Cogió aire, ella también lo necesitaba.

    —Solo puedo decirte, como ya te he dicho las veces que he ido a visitarte, que todo lo que cuenta en la carta es verdad.  Yo la escribí con ella, la ayudé a recordar y le conté cosas de las que tú me hablabas solo a mí. ¿Quieres saber algo? —Volvió a mirarme antes de parar el coche frente la casa de Mónica.  Asentí sin abrir la boca—. Nunca te vi más feliz que estando con ella. Y no solo yo, todos tuvimos la oportunidad de ver lo que cada uno aportaba al otro. 

No sabía qué deciral respecto y no pude evitar sentir remordimientos por no poder recordar nada ysaber que, por mi culpa, alguien estaba sufriendo.