¿Te miento, o te digo la verdad?

PRÓLOGO

Uno de mis lugares preferidos para pasar el tiempo con mis amigas es el bar «El Gallego». Es un lugar en el que me siento como en casa, y todo hay que decirlo, me pongo las botas con las tapas y pinchos que aquí nos ponen.  

Estoy charlando con mis dos mejores amigas animadamente, cuando veo entrar a mi hermano Sergio, que lleva saliendo con Trini dos años, acompañado de Marcos, su mejor amigo y… mi… ¿amigo con derecho a roce?

Hemos salido dos veces, una, cuando tenía quince años: Fue mi primer novio al que le daba besos de verdad y, algo más que solo se le da a alguien una primera vez; mi virginidad. Y con veinte años, cuando estaba estudiando en la universidad. Las dos veces que salimos juntos, me engañó con otra, con varias, para ser sincera. Después de pasarlo mal, llorar y llorar, decidí… ser una mujer… diferente, de estas de las de hoy en día, que viven para ellas mismas y no para tener que gustar a los hombres, que lo único que te producen son dolores interminables de cabeza. No es que yo sea una experta en relaciones, pero soy hija de padres divorciados y mi hermana Carlota, siempre ha sufrido por amor, tiene dos hijos, está separada y la pobre tiene que ocuparse de todo, sin contar con todas las cosas que le pasan, que, si no te pasan a ti, ya le pasan a ella.

Así que dicho esto… Os imagináis para que puedo usar a Marcos, ¿no? Pues eso, quedo con él, me doy un revolcón y si te he visto, no me acuerdo. Al fin y al cabo, los dos salimos ganando, aunque últimamente he de reconocer que no está en su mejor momento sexual.

Saludo a Marcos levantando las cejas con una sonrisa traviesa en los labios, y levanto el botellín que sostengo en mi mano derecha saludando a mi hermano que se acerca a darle un beso a su amada Trini. Lo que me costó juntarlos a los dos y ahora, lo que me cuesta separarlos, aunque sea media hora. Nuria y yo nos miramos fingiendo una arcada y rompemos a carcajadas, aunque en secreto, las dos estamos deseando encontrar algo parecido a lo que Trini y mi hermano tienen. Amor puro y de película. Y si soy realista, me muero de envidia sana; aunque no quiero hombres en este momento, lo tengo claro, quiero disfrutar y vamos, que no me fio de ninguno.

Trini y yo hemos heredado la amistad de nuestras madres. A Nuria la conocimos hace unos ocho años, una Nochevieja, en pleno centro de Madrid, cuando a la pobre la dejaron tirada como a una colilla. Estaba sentada en la acera frente al pub en el que íbamos a entrar, era nuestra primera Nochevieja fuera de casa y nos llamó la atención. No la conocíamos de nada, pero, aun así, nos acercamos a ella. Desde entonces las tres nos hemos vuelto inseparables. Tenemos muchas cosas en común, pero hay algo que solo Nuria y yo compartimos en secreto: solemos ir a clubs Swinger. Normalmente lo hacemos juntas y luego allí, cada una va a lo suyo. Es una manera de mantenernos controladas, en este mundo una no sabe con quién se puede topar y hay mucho loco por ahí suelto.

Me río abiertamente ante los comentarios de mis amigas y noto como la mirada de Marcos se clava en mí. Lo miro y sonrío levantando de nuevo mi botellín. Él hace lo mismo hasta que con un gesto me señala el baño, que no está muy lejos de la mesa en la que nos encontramos.

Me levanto con cierto disimulo, aunque mis amigas no son tontas, se dan cuenta de todo y sospecho, que saben que de vez en cuando… nos liamos.

Le espero en el baño y Marcos no tarda en aparecer, toca la puerta y le hago pasar. Nos besamos con ansia, pero enseguida me doy cuenta de algo. Yo no he sido quién le ha dicho, «Oye, vamos a darnos un meneo» No. Ha sido él y eso… no me gusta nada.

  —¡Para, para un momento! —Empujo su pecho, haciendo que se aparte de mí.

  —¿Qué pasa Paula? —Pregunta, sin entender nada con una sonrisa en los labios.

Le miro. Marcos es muy guapo, es jodidamente guapo.

  —¿Crees que puedes hacer lo que tú quieres? —le recrimino.

  —¿No queremos los dos? —Se acerca para besarme de nuevo. Le aparto otra vez.

Cierro los ojos. La verdad es que ahora mismo me muero por echar un polvo rápido en el baño, pero no. Debe quedarle claro que soy yo quien decide cuándo, cómo y dónde.  

  —Hoy quieres tú solo, Marcos. —Miro mi reloj —tengo que marcharme —abro paso y salgo del baño.

    —¿Qué tienes que marcharte? Pero tú, ¿de qué vas? —pregunta enfadado.

    —¿De qué vas tú? ¿Es qué no te queda claro que no eres tú quién decide? —le miro entrecerrando los ojos. Al ver que no responde, me doy la vuelta orgullosa de mí por controlar la situación y no complacerle.

Vuelvo a la mesa y dos minutos después, lo hace él. Al parecer ya se le han quitado las ganas de seguir en el bar, le dice algo a mi hermano y sin despedirse, se marcha. 

«Hala, adiós muy buenas».

Miro la hora, aún es temprano, así que con el calentón que llevo en este momento, tengo claro a donde voy a ir a desahogarme. Me despido de mis amigas, de mi hermano y subo a mi coche; un Seat Ibiza más viejo que el copón. Es el coche que se compró mi hermano cuando se sacó el carné, el que heredó mi hermana años más tarde cuando también se lo sacó y el que heredé yo, hace cuatro años.

Bajo de mi coche que hace un ruido espantoso al abrir y cerrar la puerta y accedo a mi local favorito, donde trabaja nuestro amigo Julio; camarero macizorro que te moja las bragas en cuanto su mirada, se cruza con la tuya. ¡Por cierto!, está soltero. Su última novia le dejó porque era muy celosa y no soportaba este mundo. No la culpo. Aquí hay muchas tías que están deseando pasar un buen rato con él y todas le han tirado los trastos. Yo nunca, que quede claro, no porque no me guste, pero somos amigos y a mí personalmente, no me gusta mezclar las cosas, aunque el tema de Marcos es diferente. Solo lo utilizo por decirlo de alguna manera, para que vea que yo controlo la situación y que dejé de ser la tonta que se quedaba esperándole.

Saludo a Julio y me siento en la barra a la espera de que me sirva una copa.

   —Hoy será rápido. Vengo con un calentón de la hostia —le digo con una sonrisa en los labios.

   —Si quieres… —mira su reloj —acabo en una hora —sonríe y noto como me pongo colorada como un tomate a tiempo que mis bragas se humedecen.

   —Unahora es mucho tiempo —le guiño un ojo —pero gracias bombón—. Miro a mi derechay me encuentro con la mirada de un tío que no deja de mirarme el escote. ¡Estábastante bueno! Así…, fuertote, guapete. No tarda en entrarme. Hacemos lotípico, charlamos un poco, sonreímos como dos bobos, manita por aquí, por allá.Miradas intensas… Hasta que juntos, nos vamos hacia una de las habitacionesprivadas disponibles del local, dónde tienes la seguridad de que nadie puedemolestarte si no quieres.


                                                   Capítulo 1

¡Madre mía que calor me está entrando!

Cada botón que me va desabrochando me excita aún más. Detiene la mano, me mira, y antes de que diga algo, pasa al siguiente botón. ¡Dios! Mi respiración se acelera, la suya también.

   —¿Es la primera vez que vienes a un local como este? —Pregunto por curiosidad.

   —Sí, no te voy a mentir. ¿Qué quieres que te haga primero? —Mi cuerpo se estremece y mis bragas se empapan cada vez más. 

   —Quiero que me folles y me hagas gritar —le susurro al oído mientras poso mis manos en el enorme bulto que sobresale de sus pantalones, los cuales me encargo de ir desabrochando.

Mi blusa resbala por mis hombros, la dejo caer al suelo. El hombre que tengo frente a mí, acaricia mis pechos despacio, acerca su boca y lame mis pezones que no tardan en ponerse duros.

¡Joder!

Hecho mi cabeza hacia atrás mordiendo mis labios gustosa.

Hay poca claridad, pero suficiente con los focos de color violeta y rojos, que alumbran en la habitación creando un ambiente erótico. Puedo ver la silueta de este hombre que tanto me está poniendo.

Cierro los ojos y me dejo llevar por la magnífica sensación de sentir unas manos  grandes por mi cuerpo semidesnudo mientras Edu, que así es como me ha dicho que se llama, acerca su boca a la mía. Baja sus manos hasta mis pantalones para deshacerse de ellos.

¡No hay cosa que más me ponga que me desnuden despacio, mientras me miran, me desean, me tocan!

Su boca se pega a la mía y pronto su lengua intenta abrirse paso en mi interior, pero en cuanto lo que siento no es a una persona besarme, sino a un animal lamiéndome, llenándome de babas, no tardo en apartarme. ¡Qué asco, por favor!

   —¿Qué pasa? —Noto el tono de decepción al formular su pregunta en cuanto le empujo.

   —Nada de besos —le contesto, haciendo que suelte una leve carcajada.

   —¿No te gustan los besos? —Me empuja hacia él.

   —Quiero ir al grano. —Elijo decirle eso a no decirle que besa de puto culo, ¿no? A ver si ahora por ser sincera, me quedo sin fiestecita.

 Agarra mis manos llevándolas a mi espalda. —¡Esto ya es otra cosa! —Sonrío.

    —¿Te gusta el sexo duro, nena? —pregunta excitándome cada vez más.

    —Sí —sonrío con una sonrisa pícara.

Edu por fin se deshace de mis pantalones. Desliza sus dedos hasta mis bragas y con un movimiento brusco, me las arranca. ¡Literalmente!

Cierro los ojos y aprieto los labios conteniendo un poco de rabia ¡A tomar por culo treinta euros!

Hay personas que se gastan el dinero en videojuegos, música, otras como mi hermana en maquillaje (cuando puede), otras en gilipolleces, pero yo no: yo me lo gasto en ropa interior y en libros. Sí, es algo que siempre me ha gustado hacer, lo disfruto, así que… que me las arranquen de esa manera…, me jode y mucho.

   —Me debes treinta pavos —le digo seria.   

   —¿Treinta euros? ¿Es qué cobras? —Se toma una pausa al formular las dos preguntas y a punto estoy de soltar una carcajada.

   —Te has cargado unas bragas de treinta euros —le aclaro.

   —¿En serio? —Acerca su boca a la mía, pero no llega a besarme, menos mal. —Rompe mis calzoncillos, así estamos en paz —contesta con voz ronca, algo divertido. 

Termino riéndome y acabo metiendo mis manos en sus calzoncillos. Agarro su miembro duro, suave y sedoso, listo para mí. Sonrío.

¡Qué bien me lo voy a pasar!

Ansiosa por recibir lo que he venido a buscar, localizo la cama con la mirada. Lo empujo hacia ella y se deja caer.

Necesito a un hombre que me haga gritar de placer, que me deje extasiada, presa del orgasmo. Quiero sexo duro y todo últimamente se hace con demasiada delicadeza, demasiados preliminares que ni siquiera son de agradecer. Quiero que sea otra persona y no Marcos quien me lo pueda proporcionar.

Julio me suele decir que no hay hombres cabrones, sino mujeres tontas. Todas terminamos volviendo y por muy cabrón e hijo de puta que sea un tío, como sea bueno en la cama, no lo podemos evitar, caemos.

Y es verdad, lo admito; Marcos en su día me hizo mucho daño, pero… cuando me toca, cuando me hace suya, me hace olvidarlo todo y sé que eso es lo que hoy en día me une a él de cierta manera.

Clavo mis rodillas en el blando colchón que guarda secretos inconfesables de todas las personas que han estado aquí. Si lo pienso, me da un poco de asco. Me centro en lo que estoy haciendo y evito pensar en los malditos gérmenes.

Vuelvo a introducir mi mano entre sus calzoncillos y despacio, me deshago de ellos. Juego con su miembro, lo acaricio despacio, de arriba abajo, esparciendo el líquido preseminal por su glande. 

   —¡Chúpamela encanto! —Posa sus manos en mi cabeza y me empuja en dirección a su miembro.

Me aparto.

   —Chú-pa-me-la —me repite como si fuera tonta.

¡Huy, creo que este se está confundiendo conmigo!

Chasqueo varias veces la lengua contra mi paladar, negando con la cabeza.

   —Me gustan las guarras como tú, que me la chupen y se la metan en la boca profundamente hasta provocarse arcadas.

 ¿Me ha llamado guarra? ¿En serio? Frunzo el ceño y dispuesta a no complacerle a él, sino a mí, ando de rodillas sobre el colchón hasta que llego a su cara.

    —¿Por qué no mejor te callas un poco y me demuestras lo que tú sabes hacer? —Pongo mi sexo sobre su boca y hago que me lama. Lo hace despacio, succionándome.

Gimo gustosa mientras me balanceo, notando como su lengua recorre mi sexo de arriba abajo. No es que sea el mejor sexo oral que haya tenido, pero es aceptable. Si hago un esfuerzo con mi mente, seguro que consigo llegar al orgasmo.

Pongo las manos sobre la pared para sujetarme. Sigo con mi balanceo buscando mi propio placer y al cabo de unos minutos, cuando estoy a punto de encontrar ese placer que tanto anhelo, el hombre que estaba a punto de proporcionármelo, agarra mi cintura, tira de mí y con un movimiento se clava en mi interior, penetrándome fuerte y hundiéndose en lo más profundo de mi cuerpo.

Suelto un grito ahogado.

 Lo miro, esto ya me va gustando más. Sonreímos, pero noto como la sonrisa se me va congelando al ver la cara de placer que está poniendo en cada embestida.

«Qué no se corra, que no se corra» Suplico mentalmente.

Y se corre. ¡Mierda!

 Dejo de moverme y suelta un gemido de placer. Casi diría que parece una mujer chillando mientras se deja llevar. ¡Me cago…! Lo miro extrañada. No veo ninguna intención por su parte de darme algo parecido a lo que él ha recibido, en cuanto me aparta echándome a un lado. Se quita el preservativo y se inclina para coger un paquete de toallitas que hay sobre una pequeña mesita.

Me levanto de la cama. Froto mi cara confusa, localizo mi ropa y comienzo a vestirme.

   —¿Ya te vas? ¿No quieres repetir? —Oigo que me dice.

Lo miro a punto de soltar una carcajada en su cara.

   —¿Te miento, o te digo la verdad? —pregunto.

   —La verdad, claro.

   —Me voy y no, no quiero repetir —le digo.

   —¿Es que no te ha gustado? —frota su barbilla.

   —No —me sincero —de hecho, te ha faltado llorar mientras te corrías. En serio, no pierdas el tiempo en venir a locales como este.

   —¿En serio, no te has corrido? —Parece que se lo toma a guasa, se ríe. —Si me das unos minutos, puedo…

   —Tranquilo, no te molestes —termino de vestirme y me dirijo hacia la puerta.

   —¿Volveré a verte?

Me río, no lo puedo evitar.

   —Como tú comprenderás, no. Yo sola me doy más placer.

Salgo de la habitación. Atravieso el pasillo que me separa de las demás salas del local y voy directa hacia la barra, donde Julio cruza una mirada conmigo y al ver mi cara, noto cómo me mira con cierta preocupación. Aunque al mismo tiempo, la comisura de sus labios le tiemblan, está aguantando las ganas de reírse el muy cabrón. Lo conozco y por desgracia, él a mí también.

   —¿A dónde vas? ¿Qué ha pasado ahí dentro? —Intenta no reírse, sé qué hace mucho esfuerzo por no hacerlo.

   —Deberías decirle a tú jefe que hiciera algún control de calidad, cada vez aguantan menos —ahora soy yo quien se ríe.

   —Pon una queja y veremos qué se puede hacer —se cruza de brazos en la barra y nos reímos los dos. —Si me esperas un rato a que termine mi turno, nos vamos a dar una vuelta y te acompaño a casa —lo miro de forma tierna, a veces no entiendo cuando está de coña (ya que solemos tener muchas) o me lo dice en serio.

   —No hace falta, en serio. Mañana si quieres te llamo —me acerco a él y le doy dos besos despacio, como a él le gustan, en las mejillas.

   —Nunca llamas —me contesta divertido mientras camino hacia la salida.

   —Siempre sé dónde encontrarte.

Subo a mi coche y en veinte minutos llego a casa. Nada más dejar mis cosas sobre la mesa, entro en el baño, me doy una ducha, que al principio pensaba que sería rápida, pero termino tardando más de lo normal. Finalmente, salgo después de haberme corrido dos veces con el chorro del agua.

Lío micuerpo con una toalla y me dirijo hacia mi habitación. Cuando entro en el bañode nuevo a dejar la toalla para que se seque, me miro al espejo encontrándomeconmigo misma. Toco mi pelo húmedo y así me quedo un rato; mirándome sin pensaren nada, por lo menos de manera consciente. No tardo en irme a la cama despuésde echarle de comer y despedirme de Putin, mi hámster ruso.