Nunca salgas de mi vida

Sinopsis

Frente al papel me encuentro pensativa sin saber muy bien como empezar a escribir… ignorando si me beneficia o me perjudica. Si te ayudará o te hará el efecto contrario a mi propósito.

Es difícil mi posición, aunque la tuya no sea la mejor.

Solo te pido, que me des una oportunidad.

Capítulo 1

Recuerdo esa mañana como si fuese ayer…

Adormilada, tanteé la mesita hasta llegar al maldito despertador, que no dejaba de sonar desde hacía ya un buen rato. De un golpe lo apagué y maldije por lo bajo porque no tenía ganas de levantarme. Estiré mi cuerpo mientras bostezaba como una leona, luchando por mantener los ojos abiertos y casi arrastrándome por el suelo, fui al baño. Me di una ducha que me espabiló y después de secar mi pelo y prepararme, al mirar mi reloj, aceleré mis movimientos y salí corriendo de casa. Llegaba tarde.

Descendí hasta el garaje dónde mi preciosa Ducati Monster de color blanca, me estaba esperando. Subida en ella era quién quería ser, una persona diferente con una vida distinta, sin miedos, sin agobios, sin problemas… Me sentía completamente libre.

Mis padres fallecieron en un accidente de tráfico cuando yo solo tenía seis años. Da pena pensar, que ya ni siquiera recordaba sus caras.

Me crié con mi tía Pilar que vivía en España ejerciendo de profesora. Ella me dio todo el cariño que una niña de seis años podía necesitar, ella se convirtió en mi todo, pero al cumplir veintidós, me dejó.

Trabajaba como masajista en la zona de spa, en un hotel de lujo en el centro de Madrid y aunque no fue para lo que me preparé, me gustaba mi trabajo.

A las nueve y media de la mañana entré hacia los vestuarios para ponerme el uniforme que exigía mi contrato; una bata de color crema. Al cerrar la puerta de la taquilla no tardé en encontrarme con la sonrisa de mi mejor amiga, Vero.

—¿Preparada para la bronca de un lunes a primera hora de la mañana? —Solté una carcajada.

Me reí.

—Yo siempre estoy preparada.

Vero es madre soltera, tiene una niña preciosa de cuatro años y el que era su entonces novio y padre de la niña, las dejó tirada en cuando supo que estaba embarazada. Dejó a Vero sola y confundida, por suerte estaba yo ahí y no pensaba hacer lo mismo. Después de tener a la niña, nos hicimos más inseparables que nunca y tanto ella, como su hija y su madre, llenaron el vacío que mi tía me dejó. Se convirtieron en mi nueva familia.

—Dejad la cháchara y poneros a trabajar de una puta vez. —Ahí estaba Carla, nuestra encargada y jefa, entrando en los vestuarios.

Aún me pregunto qué es lo que le habíamos hecho para que nos tratara tan mal, pero estaba claro que nos tenía entre ceja y ceja. De antemano, Carla nunca había sido muy amigable con los trabajadores, es la típica que creé que va a heredar la empresa en la que trabaja, pero a nosotros nos tenía un trato especial, pagábamos todas sus frustraciones. Si podía pisar y hundir a alguien, las primeras de la lista éramos nosotras.

Guardé el móvil en el bolsillo de la bata sin que ella se diera cuenta y me dispuse a andar.

—¡Vamos, que es para hoy! Hay mucha gente esperando y no damos abasto. ¡Venga! —Insistió metiéndonos prisa.

—¡Buenos días para ti también, Carla! —la saludé con ironía, pero con educación.

Le entregué mi tarjeta y la hizo pasar por una máquina quedando reflejada la hora de mi llegada y de malas formas, me pasó la programación para el día de hoy.

Seria me quedé mirándola, pero me mordí la lengua, no tenía ganas de fiestas y sé que eso era lo que ella quería.

Miré a mi amiga y con un gesto de pena, me despedí de ella.

El Spa estaba dividido por tres áreas: tratamientos faciales, corporales y masajes, zonas termales con piscina cubierta y zona de gimnasio y balneario.

Mi área estaba dividida por diez salas, tú me esperabas en la sala tres.

¿Lo recuerdas?

Cuando entré y te vi de pie, con el torso desnudo y una toalla liada a tu cintura, mientras interesado escribías en tú móvil, literalmente, me quedé sin aire en los pulmones.

Me miraste, clavando tus ojos azules en los míos y sonreíste.

Humedecí mis labios.

—¡Bu…, buenos días! —dije como pude. Nerviosa dejé la programación en el mostrador y te volví a mirar sin querer. Te pillé mirándome y volviste a sonreír.

¡Dios! Tú mirada era tan penetrante.

Te seré sincera, tuve que regañarme un par de veces, era imposible poder concentrarte y actuar como una profesional teniéndote delante. Intenté disimular la sonrisa tonta que dibujaba mis labios mientras te miraba. Me quise morir en cuanto vi mi reflejo en el espejo que tenía delante. ¡Madre mía!

—¡Hola! —dijiste con una voz… de lo más sexi.

Activaste todos los músculos de mi cuerpo con un simple «¡hola!» Te juro, que por un momento temí por mi salud.

«¡Qué sonrisa, por favor!», pensé y sigo pensando, que conste. Disimuladamente te estudié con la mirada y…, ¡madre mía! ¡Qué cara!, ¡qué cuerpo!, ¡qué sonrisa, ¡qué ojos!, ¡qué mirada!

Qué calor me está entrando…

Nunca antes me había pasado algo parecido, te lo prometo.

«¿Será amor a primera vista?», me pregunté. Ahora puedo decir que sí.

Aparté la mirada rápidamente nerviosa en cuanto volviste a mirarme y me acerqué no sé cómo, a la camilla.

—Échese aquí, si es tan amable —me temblaba la voz.

—¿Tú primer día? —preguntaste.

—¿¡Qué!? —solté una carcajada—. Llevo trabajando aquí tres años.

—Te veo demasiado nerviosa.

No se me ocurría nada lógico que decirte.

—Demasiado café está mañana. —te solté lo primero que se me vino a la cabeza.

«¿En serio, solo se me ha ocurrido eso? ¡Menuda estupidez!», pensé segundos después.

Pero sonreíste de nuevo y me quedé, sin poderlo remediar, embobada hasta que el sonido de mi móvil me devolvió a la vida real, y con un gesto de disculpa, sonrojada, lo apagué.

Te tumbaste boca abajo. Embadurné mis manos de aceite y comencé a masajear tus hombros.

Disfruté más que tú con el masaje, te lo puedo asegurar.

Mientras me regodeaba paseando mis manos por tu ancha espalda, me pregunté cómo podía ser posible que Carla te hubiera mandado a mi sala. Conociéndola, sabía que eras su prototipo de hombre y normalmente, ella se ocupaba de dar los masajes según su interés.

Dejé de pensar en ella y me centré en ti.

Era tocarte y sentir mis partes más íntimas palpitar intensamente, como si hubiese vida propia ahí abajo.

Subí mis manos por tu cuello y bajé por tus brazos, presionándote delicadamente. Todo lo hacía con ternura, con mimo, dejando que tu piel quedase grabada en mis manos. Sonreí cuando noté tu piel de gallina al deslizar mis manos por tus costados.

No podía dejar de mirarte.

Después de un rato, comprobé que tenías los ojos cerrados y…, actué como una autentica loca. Sí, lo reconozco. Acerqué mi nariz a tu cuello y aspiré tu aroma.

¡Cómo olías! Mmmm, aún sigo sintiendo tu aroma. Todo huele a ti.

Mi pelo resbaló de mi coleta y rocé tu cuello, haciendo que te movieras. Con la cara colorada y sin respirar, me incorporé de inmediato.

Te diste la vuelta y clavaste tu mirada en mí.

¡Ay, Dios!

Me pregunté a que podrías dedicarte…, ¿modelo?, ¿cantante? «¡A saber!» me dije. Tenías cara de actor de cine y sí, noté tu acento.

Cuando me quise dar cuenta, la hora concluyó y con mucha pena, el masaje llegó a su fin.

En el tiempo que llevaba trabajando, nunca antes, deseé que el tiempo se parara un ratito más.

Te sentaste en el borde de la camilla.

Hubo un breve silencio mientras limpiaba mis manos. Noté como volvías a mirarme. Te levantaste y te aclaraste la garganta mientras te colocabas la toalla delante de mí.

Mi cuerpo se tensó.

Recordaré toda mi vida la sonrisa que me dedicaste.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —tu acento me hacía gracia y sin poderlo evitar, sonreí mientras te miraba.

¡Ay, madre!

—¡Claro! —intenté disimular lo tontita que me estaba poniendo, pero era casi imposible.

—¿Tienes consulta propia, o solo trabajas aquí? —preguntaste.

Me quedé mirándote y sí, sentí una punzada de decepción porque esperaba que me preguntaras otra cosa, como por ejemplo…, ¿mi nombre? ¿Si quería cenar contigo? Algo así. Tonta de mí, ¿verdad? Ese tipo de cosas solo pasan en los libros.

—Solo trabajo aquí. —Te miré extrañada—, si tuviera consulta propia, no estaría aquí aguantando a mi encargada y cobrando un sueldo… —Gesticulé unas comillas en el aire—, poco gratificante, para todo lo que aquí se trabaja. —¡Hala! Todo lo que te solté, sin más, quedándome muy a gusto. Y para qué negarlo, segundos después, me sentí patética. ¿Acaso te importaban mis problemas?

—Una pena —dijiste—. Te ganarías muchos clientes.

El sonido de unos tacones me puso en alerta. Miré hacia la puerta y Carla, ¡cómo no!, apareció entrando en la sala con una sonrisa fingida.

—¡Hola! ¿Qué tal? —Se agarró a tu brazo y tú le dejaste—. ¿Todo en orden?, ¿ha disfrutado? —te preguntó en un torpe italiano.

No te miento si te digo que pasé vergüenza ajena en el momento en el que te dirigiste a ella con un casi perfecto español. Estuve a punto de soltar una carcajada.

Te volviste hacia mí.

—Ha sido un placer. —Te inclinaste, fijándote en el nombre que llevaba grabado en la placa de la bata—, Laura…, —sonreíste, ¡joder!—. Espero que pases un buen día.

Te marcharte.

Te juro, que me dejaste tocada, aturdida. Ni yo misma sabía qué era lo que me había pasado y de antemano, sabía que en mi vida nunca podría olvidar una situación como aquella y mira que a lo largo del tiempo que llevaba como masajista, me había pasado de todo.

Cambié las sabanas con mucha pena y mirando hacia la puerta, asegurándome de que nadie pudiese entrar, olí las sábanas regodeándome en el olor que dejaste allí.

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