Y llegaste tú

Capítulo 1

Zara.

Hoy ha sido un día de mierda, y algo me dice, que en cuanto llegue a casa, la misma sensación seguirá estando ahí. Apoyo la cabeza en la ventanilla del autobús y miro a toda esa gente que camina por la acera.

Suspiro.

Estoy muy cansada, del trabajo, de mi vida en general, de sentirme tan vacía por dentro. Soy consciente de que mi vida no está siendo lo que yo esperaba, tampoco lo que en su día planeé. Llevo viviendo con Rafa, mi novio, desde hace dos años; pero las cosas han cambiado tanto…, que ya no recuerdo que fue lo que me hizo querer estar con él, o pensar que algún día formaríamos una familia. Cada día que va pasando, menos unida me siento a él.  Ya no recuerdo como es esa sensación de sentir mariposas revoleteando por el estómago, ni tampoco que la respiración se me acelere al verle. ¿Qué es lo que nos ha pasado? ¿Qué es lo que me ha pasado? Ya no hay abrazos, besos al despertar, caricias…  Y lo peor de todo, es que me siento muy culpable por ello, creedme. Porque he pasado de adorarlo a no soportarlo. Su única preocupación es el gimnasio, estar con los amigos y salir por ahí a disfrutar de la vida, como el suele decir. Creo que se quedó en la edad de los dieciocho años, cuando nos conocimos.

Me levanto del asiento y pulso el botón del bus. Miro a dos chicas muy monas que hablan de chicos y sonrío melancólica, recordando mis tiempos de adolescencias. Bajo en mi parada y camino hasta llegar a casa.

Desde las escaleras se oyen varios gritos, no tardo en deducir de dónde provienen y de quienes son: Rafa y sus amigos jugando a la consola. Lo de siempre vamos; es como si mis días se repitieran una y otra vez, como si estuviera condenada a vivir lo mismo. ¿Nunca habéis tenido esa sensación?

Cierro los ojos y respiro hondo antes de introducir la llave en la cerradura. Cuando abro la puerta, enseguida Rufo, nuestro perro viene a saludarme, se echa sobre mí y lame mi cara. Es un amor.

—¡Ay, mi Rufo! —Acaricio su lomo.

Cierro la puerta con el pie y dejo mi bolso en el colgador que tengo justo detrás.

—¡Buenas! —saludo a los chicos de camino a la cocina.

—¡Toma, hijo de puta!, ¡menudo gol te he metido!

—¡Cabrón!, tienes los botones del mando hechos una mierda, ¡no funcionan!

—Sí, sí, excusas… ¿Otra cerveza? —La voz de Rafa es única. Camina hasta la cocina y me lana una rápida mirada.  —¿Ya estás aquí?, qué pronto has llegado, ¿no? —No me ve en todo el día ¿y eso es lo único que tiene que preguntarme?

Suspiro frustrada, antes de responderle.

—Son las diez de la noche. ¿Te parece pronto? —Bebo un poco de agua.

—¿Ya son las diez? Joder, sí que se me ha pasado la tarde rápida. ¡Mira!, ¡mira! —Me giro con la esperanza de escuchar salir algo distinto de sus labios. Rafa se levanta la camiseta y señala la parte de sus abdominales.  —Mira la marca que me ha salido, ¿te gusta?

¿Veis? Es de lo único que se preocupa, de sus músculos, de sus nuevas marcas que no sé para qué sirven, de él, de él y solo de él.

—Uhm… —Ni caso le hago. —¿Has sacado a Rufo? —Se baja la camiseta.

—No he tenido tiempo, ¿lo sacas tú? — Me da un beso seco en la mejilla y abre la nevera en busca de bebida para sus amigos.

—¿Y qué has estado haciendo?

—¡Ya sabes! En el gimnasio. A Fuenla a por batidos que ya no me quedaban y nos hemos venido a echar unas partidas.

—Vaya, ¡qué productivo! Lo de buscar trabajo, mejor… ya el año que viene ¿no?—. Del cajón de la cocina, saco la correa de Rufo.

—Rafa, tío, ¿vienes?

Sin inmutarse, ya con la bebida, se marcha al salón.

—¡Sí, ya voy! Z está aquí —grita cruzando el pasillo.

—Hola, Z —todos saludan a la vez.

Desde el pasillo, sin abrir la boca, gesticulo con la mano en modo de saludo y de mala gana, salgo de casa con Rufo.

Estoy hasta las narices de que siempre estén todos metidos aquí como si no tuvieran casa. No lo entiendo, uno de ellos, el más mayor está casado, tiene dos hijas y se pasa todo el puto día aquí metido. No…, no lo entiendo. Los demás igual. Y lo que peor llevo, es entender que todos vayan al gimnasio, que se pasen el día a base de batidos de proteína para estar inflados, como digo yo y que luego por la noche, se pongan finos de alcohol y se peguen unas cenas entre pecho y espaldas. No, no lo entiendo.

Paseo tranquila con Rufo, voy preparada con la bolsita para cuando Rufo decida plantar el pino que siempre le dedicamos a Rafa.

Después de más de veinte minutos, subo a casa. Cuando entro, los «sin casa» siguen jugando a la consola, gritando como si estuvieran en el campo.

Cruzo el salón asqueada por el desorden: cáscaras de pipas por el suelo, latas de cervezas aplastadas y olor a tabaco; porque esa es otra, algunos fuman.

Entro en mi habitación, respiro hondo y cojo mi pijama antes de dirigirme al baño. Necesito una ducha.

—Me siento como una mierda, estoy harta de que no pueda descansar ni en mi propia casa —cabreada me miro al espejo. —¡Calmate! ¡Calmate! —me digo como si estuviera loca.

Tras darme la ducha y lavarme el pelo, decido encender el secador y antes de enchufarme el aire sobre el pelo mojado, sin esperármelo, la puerta se abre de golpe. Es Rafa.

—¡Oye, nena! —Asoma la cabeza y sonríe. Suelto todo el aire que tenía acumulado en mis pulmones y le miro fijamente a los ojos. Ya sé lo que me va a pedir—. ¿Te importa hacer algo para cenar? Tenemos hambre y… —entra dentro del baño y se levanta la camiseta. ¡Madre mía de mi vida, este hombre cada día está peor! —estos cuerpos no se alimentan solos—, pone cara de interesante y el muy idiota, vuelve a sonreír.

Frunzo el ceño.

—¿Me ves cara de gilipollas?

—Si no quieres hacerlo, solo dilo —«No, si encima trata de que yo me sienta culpable».

—Pues mira, no. No quiero hacer la cena a nadie, y menos a tus amigos. ¡Qué se vayan a sus casas! —Resoplo y enchufo el secador.

—¿Pero a ti qué bicho te ha picado? —Me mira de arriba abajo.

Apago el secador.

—El bicho de la amargura me ha picado, Rafa. ¿Es que no te entra en la cabeza que estoy cansada y que lo último que me apetece es tener que ponerme a cocinar?

Se acerca, siempre que quiere salirse con la suya, usa las mismas tácticas.

—Será algo ligero, nena. —Agarra mi cintura y me acerca a él. —Sabes perfectamente que tus cenas me vuelven loco —sonríe de lado, como si eso funcionara como antes.

—Lo siento, pero no. —consigo separarme de él—,  ¡Además!, yo nunca ceno, ¿lo recuerdas? Si queréis cenar algo, pedid comida o… —Cojo sus manos—. Tienes unas manos muy grandes y fuertes para coger cien kilos al día, ¿no? Pues para hacer la cena también te sirven.

—¿Me estás hablando en serio? —Levanta las cejas asombrado.

—Y tan en serio que te lo estoy diciendo. —Enciendo otra vez el secador, y sigo con lo mío, pero Rafa no se da por vencido. Besa mi cuello, me aparto, pero no sirve de nada, me empuja hacia él y besa mis labios.

—¡Venga, nena!

Quiero que pare, que me deje en paz…

Resoplo.

—Esta es la última, Rafa —digo finalmente.

Soy más gilipollas que él y eso sí que es grave.

Sus ojos verdes se clavan en los míos.

—Mmmm, ¡Lo sabía! Cómo te quiero. —Me da un beso zalamero en la mejilla y, en cuanto cierra la puerta, suelto el aire que tengo retenido en el pecho.

Busco mi propia mirada en el espejo y cuando la encuentro, no soy capaz de mantenerla mucho tiempo…, hasta yo me castigo por ser tan tonta…

Siento que no puedo más, que tarde o temprano terminaré estallando.

Rafa es un hombre atractivo, guapo, y tiene el cuerpo que muchas mujeres desean, pero hace tiempo que dejó de despertar en mí esa bonita sensación que tenía al principio. Todo se terminó y, por mucho que yo ponga de mi parte como he estado haciendo durante los últimos meses, no hay nada que hacer.

Recojo el baño después de secarme el pelo y me voy directa a la cocina a hacer la dichosa cena: patatas fritas con salchichas y van que se matan. La Reparto entre los cuatro.

—¿Tú no cenas, Zara? —pregunta Carlos, el más joven de todos: solo tiene diecinueve años.

—Yo no suelo cenar. —Le miro seria.

—Quiere mantener la figura. —Comenta Rafa, haciéndose el gracioso, para que los amigos se rían con él a pesar de que su comentario no tiene gracia alguna.

—¿Seguro que soy yo quien intenta mantener la figura? —le miro y arqueo las cejas —te recuerdo… que el que se besa los brazos mirándose al espejo eres tú. Y quien se dice lo mucho que se quiere también eres tú. —Los amigos se echan a reír y yo termino haciéndolo también.

Menos mal que no he dicho que se maquilla… Suena surrealista, pero es que es la realidad, Rafa se quiere tanto a sí mismo que creo que ha dejado de apreciar lo que tiene alrededor.

—¿Te crees graciosa con ese comentario? —su tono es molesto, me mira serio y eso hace que sus colegas, terminen en silencio.

—Yo no voy de graciosa, solo he dicho la verdad ¿o lo vas a negar?

Silencio.

Termino de tomar mi yogurt y me levanto.

—¡Gracias por la cena, Z!—. Me agradece Fede, el más mayor de todos. Empezó siendo el entrenador de Rafa hace tiempo y han terminado siendo amigos. En varias ocasiones hemos cenado en su casa, con su familia.

—De nada. Bueno, una que se va; que mañana madrugo ¡Hasta mañana! —me despido de los chicos, incluido de Rafa que ni me mira.

Me marcho a la habitación acompañada de Rufo, es el único que siempre está a mi lado, el que feliz me recibe nada más llegar a casa.

No tarda en subirse a la cama en cuanto doy una palmada al colchón, se coloca junto a mis piernas, me pongo los cascos para escuchar música y me pongo a leer el libro que hace un mes me dejó mi amiga Vanesa. Me queda poco por terminarlo y es una pena, porque leer me mantiene separada de mi realidad durante un rato.

«La cogió del culo bruscamente, la levantó, ella se agarró de su cintura con las piernas elevadas. Estaba desnuda, solo con los zapatos, como a él le gustaba. Entre besos intensos, la empotró contra la pared y la embistió llenándola de placer», leo.

¡Joder! ¿Por qué este tipo de hombres solo existen en la ficción? Lo que daría porque un tío me empotrara contra la pared, me penetrara así, me acariciara, me besara… y me hiciera correr como una posesa.

Me empiezo a excitar y, sin darme cuenta, mientras leo, bajo la mano hasta mis bragas. La introduzco, aun siendo consciente de que Rafa puede entrar a la habitación en cualquier momento, aunque no lo espere. Acaricio mi hinchado clítoris, saboreo esa dulce sensación de placer que me produzco nada más tocarme y muerdo mis labios cerrando los ojos, dejándome llevar por mis fantasías.

Me imagino con un desconocido en un callejón, la música de mi mp3 ayuda a que mi mente vuele a sus anchas como si de una banda sonora se tratara.

El desconocido, de labios carnosos y ojos azules como el cielo, me aprieta contra él. Me desea al igual que yo.

    —Vas a ser mía —susurra con voz ronca.

¡Dios, parece que oigo hasta su voz!

Con gestos circulares, acaricio mi sexo. Mi cuerpo no tarda en reaccionar. Con la otra mano, llego hasta mi pecho, lo toco, lo masaje y acaricio lentamente, jugueteando con mi pezón ya duro.

    —¡Dame las bragas! —. Hago caso a lo que me pide, y se las doy, las huele y termina guardándolas en el bolsillo de su pantalón. Excitado, vuelve a apretarme contra él, clavando su miembro en mi cintura.

—Quiero follarte. ¡Ya! —Me dice al oído, tocándome con sus largos y suaves dedos.

—Mmmm —gimo en silencio.

Miro hacia la puerta por si acaso y vuelvo a mi fantasía: el desconocido se baja los pantalones, me da la vuelta y, esperándolo con deseo, me penetra con fuerza, de forma intensa.

Qué calor…

Voy a explotar…

Madre mía…

Imagino cómo me hace suya, cómo me llena de placer, cómo me acaricia, cómo mi piel se pone de gallina y no solo en mi imaginación; ahora mismo tengo la sensación como si de verdad estuviese pasando.

Aprieto mi pecho con fuerza, y sigo acariciando el centro de mi sexo que comienza a llenarse de placer.

Chillo en el callejón, el desconocido sigue con sus embestidas, fuertes e intensas, mientras me dejo llevar por el placer y, segundos más tarde, él se deja llevar también, mordiendo y besando mi cuello.

Mi cuerpo estalla y gozo de gusto bajo las sábanas, cruzo las piernas y saboreo el orgasmo que ha recorrido por completo mi cuerpo.

¡Lo que daría por verme en estos momentos!

Sonrío como una tonta creyendo mi propia ilusión, mi propia fantasía, y miro a Rufo que gira de forma graciosa la cabeza. Si Rufo hablara, ¡madre mía! Me echo a reír.

Termino de leerme el fabuloso libro que tantas fantasías me ha creado y lo dejo sobre la mesita de noche. Al rato, siento a Rafa entrar en la habitación y me hago la dormida. No me interesa que me vea despierta y terminar discutiendo por el comentario que he hecho en la mesa.

Noto cómo se tumba a mi lado, acaricia mi pelo.

—¿Estás dormida?  —Susurra. No contesto. —Despierta Zara… ¡Quiero jugar! —. Baja su mano por mi espalda y llega hasta el elástico de mis bragas que no duda en intentar bajar.

No tardo en darme la vuelta.

—¡Rafa, déjame! Estoy cansada y mañana tengo que madrugar. —Toca mis pechos, le aparto las manos. —Rafa, en serio, tengo que dormir.

—Será uno rapidito, venga, no seas sosa.

Me siento en la cama.

—¿Sosa? ¿En serio? —meto varios mechones de pelo detrás de mi oreja y me cruzo de brazos.

—Sí, una sosa, joder. Nunca tienes ganas de follar, siempre he de ser yo quien tiene la iniciativa.

—Al parecer —digo despacio. —Esa es la única iniciativa que tienes, ¿no?

—¿Qué quieres decir? —me mira sin entender nada.

—No sé —salgo de la cama y me quedo frente a él, le miro seria. —Podrías dedicarme un puto día solo a mí, llegar del trabajo y tenerme la cena preparada, por ejemplo, o no sé… ¿Hola Zara, te apetece que está noche salgamos fuera? Ni eso Rafa, si eso —elevo la voz. —Ni si quiera eres capaz de sacar al perro para que no tenga que hacerlo yo a sabiendas de que vengo cansada.

—Qué te piensas que hago en todo el puto día, ¿eh? ¿Tocarme los huevos?

—Sí Rafa, sí. Te tocas todos los días los huevos y encima, también me los tocas a mí.

—¿Ni si quiera puedo echar un puto polvo con mi novia? —cambia de tema.

Presiono el puente de mi nariz, realmente no soy consciente del cansancio que me genera todo esto.

—Mira, ahora solo quiero descansar. Mañana si quieres hablamos.  —Me meto en la cama y me arropo.

—¿Mañana? ¿Ya lo estás dejando todo para mañana? —ahora es él quien eleva la voz.

Cojo aire.

—Sí Rafa, mañana hablamos o no, ya me da igual todo.

—Ya veo que todo te da igual. Parece que no eres feliz Zara, dime, ¿te hago feliz?

Humedezco mis labios antes de contestar, el corazón se me acelera.

—No Rafa, últimamente…

Sin esperarlo, me da un abrazo.

—Por favor, no me dejes. Sin ti no soy nada Zara.

—No he dicho que vaya a dejarte —aunque lo esté pensando. —Solo necesito ver que esto sigue manteniendo su llama, Rafa, solo es eso. Necesito saber que estás ahí, que no estoy sola…, no sé.

—Besa mi cuello. —Te prometo que voy a cambiar —mis labios —que todo será como antes —vuelve a besar mi cuello. —Y te dedicaré varios días a la semana a ti. –Hemos mantenido está conversación tantas veces, que ya ni me lo creo, ni siento ni padezco.

Aprovecha y mete su mano por debajo de las bragas e intenta tocarme. Me aparto.

—¿Ya no te atraigo?

—Tengo sueño, Rafa.

—¡Venga! Te he dicho que voy a cambiar.

Me doy la vuelta y le ignoro.

—Rafa, parece que me tratas de tonta —lo doy por hecho.

—¿Ya estamos, Zara? ¿Solo porque quiero echar un puto polvo con mi novia? ¿Tan malo es eso?

Suspiro.

Ya no queda nada de aquella niña segura de sí misma que pretendía comerse el mundo. Ahora es el mundo quien trata de comérsela a ella y no estoy haciendo nada al respecto. Solo estoy dejando que lo que no quiero, termine pasando.

Sin esperar siquiera a que me humedezca, Rafa está dentro de mí. Le empujo.

—¿Qué pasa? —pregunta con brusquedad.

—Ni siquiera te molestas en ponerme a tono.

Se echa un poco de saliva en los dedos y me lubrica con ella. Yo no digo nada, es como si tuviera que conformarme ¿acaso esto es vida?

—¡Ya está! Mira cómo entra —noto como algo se introduce en mi interior, pero si no es porque él me lo dice, casi ni me doy cuenta.

Me penetra profundamente, o eso parece por el esfuerzo, porque no siento nada; solo una ligera sensación como si me metieran el dedo en la nariz, nada más. ¿Será esto normal? Hace tiempo que Rafa dejó de proporcionarme placer y, a veces, dudo de si la culpable de que eso pase sea yo. La última vez que fui al ginecólogo, a la revisión del DIU, quise dejar caer el problema en forma de comentario, pero la vergüenza me pudo. Desde hace meses, yo soy la única en proporcionarme placer a través de la imaginación, y mira que lo he intentado cuando he estado con Rafa, pero no, es imposible, solo deseo que termine.

—¡Ohhh, sí!, —Rafa gruñe —¡me encanta follarte! —Resopla —¡Oh, mmm, sí, estoy a punto de correrme, nena!

Agarra mis pechos, los cuales tampoco reaccionan. Pongo los ojos en blanco.

—¡Ohhh, sííí!, ¡venga, córrete! ¡Me corroo!, ¡me corroo! —Finjo.

Rafa, como ya esperaba, se corre enseguida y sale de mi cuerpo.

Ahora es cuando yo no me puedo sentir peor conmigo misma: me siento sucia. Un nudo de sensaciones se crea en mi garganta y, en cuanto noto que Rafa me besa en el pelo y se da la vuelta para echarse a dormir, como siempre, me levanto y voy al baño. Lloro en silencio.

«No puedo seguir así. ¿Cuánto hace que no tiene un detalle conmigo? ¿Cuánto hace que no me llama guapa?, ¿que no se preocupa porque yo también reciba placer?» Solo piensa en él y solo en él. Mientras tanto, yo he dejado de pensar en mí. Me siento culpable por haberle consentido tantas cosas…, yo soy quien tiene la culpa, soy yo quien ha dejado que se convierta en un egoísta.

Ahogo mi llanto en una toalla y, al cabo de un rato, ya más calmada, decido volver a la cama.

A veces me he sentido mal por mirar a un hombre, por pensar incluso que podría enamorarme de nuevo de un hombre, por desear que Rafa viniera a casa diciéndome que se había enamorado de otra mujer, que me dejaba. Me he sentido, tantas veces, cruel… y no me di cuenta de que estaba siendo cruel y egoísta conmigo misma y no con él.

Y llegaste tú  Parte 1/2 de [Fernweh, Coral]

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Esta es la primera novela que decidí sacar a la luz, pero no era la primera que tenía escrita. Como os comenté ya en un post anterior, la primera novela que escribí fue nunca salgas de mi vida. Esta empecé a publicarla por Wattpad, allí muchos lectores me animaron a que diera un paso más y oye, ¿por qué no? ¿Acaso yo no merecía y merezco una oportunidad? Pues claro que sí, todo el mundo merece esa oportunidad. A la hora de publicar está novela, en mi vida se cruzaron varias personas buenas y maravillosas y otras… bueno, no tanto. Correctoras que se hicieron pasar por profesionales y que luego… pues no, no eran nada profesionales. ¿Os creéis que aprendí de ello? Pues no, ya os contaré, porque me la colaron una segunda vez. También conocí a Lina Galán, mi mejor amiga en la distancia. La quiero… vamos, lo que no está escrito, ella siempre está ahí, en lo bueno y en lo malo. También conocí  Noni García, quien me aconsejó y me advirtió de los errores que tenía la novela y que yo no tenía ni idea. Ella me estuvo ayudando con el paso a paso.

Pero mi Lina, ay mi Lina, ella es casi como una hermana para mí. Desde aquí, Lina, que sepas que te quiero mucho y más!!! Gracias por estar ahí siempre, a mi lado desde la distancia.

Luego hay otras personas que estuvieron en un principio, pero que como en todas partes, se terminan yendo para no volver.

Así que después de todo el rollo este que os he montado aquí, ¿por qué no la leéis y me contáis que os parece?