Y llegaste tú, cambiando mi mundo.

Capítulo 1

Zara.

—¿Qué haces aquí?

El corazón se me acelera al escuchar la voz de Ana. Doy un respingo por el susto y me llevo la mano al pecho. ¡Va a pensar que soy una cotilla!

—Bu… buscaba el baño —me tiembla la voz.

Ana me mira, yo la miro a ella y, justo en ese momento, Marta sale de la habitación con una sonrisa de satisfacción en los labios.  Nuestras miradas se cruzan. Trago saliva y de forma automática me aparto de su camino.

—Marchando una de babas, ¡guapa! —susurra, al pasar por mi lado.

Una parte de mí quiere ignorarla, pero la otra, se hunde, sí. «¿Qué me creía? Está claro que no estoy hecha para tener un rollo con nadie, un amigo con derecho a roce, o como quiera que se llame».

Izan sale justo detrás. Nos miramos. Él lo hace un poco nervioso, mira a su sobrina y, seguidamente, vuelve a mirarme a mí.

Son muchas cosas las que se me pasan por la cabeza. Vale, no he visto nada anormal en la habitación, y vale, sí, mi imaginación ha hecho el resto, –cuando quiero soy muy creativa–. Pero… su mano en la cintura mientras él le decía algo al oído y Marta reia… me dice mucho. «¿No? ¿O soy yo, sacándolo todo de contexto?».

¡Joder, Zara! No te engañes: «“Marchando una de babas”. Te lo acaba de decir todo. ¡Blanco y en botella, hija!» Me regaño a mí misma. Respiro hondo y retengo el aire en los pulmones hasta que, poco a poco, lo voy soltando con la intención de recuperar la calma. Me va a dar algo.  «¿Se habrán besado? ¡Joder! ¿Por qué tengo que sentirme así, tan celosa y tan idiota al mismo tiempo?».

—Bueno…, yo vengo a despedirme. Me marcho —dice Ana, rompiendo la tensión que hay en el aire.

El corazón me late con fuerza. Quiero irme, desaparecer de aquí y no volver a ver más a Izan. «Sí, eso quiero, no volver a verlo más».

—Creo que es hora de que yo también me marche —consigo decir, evitando mirarle más de la cuenta.

 

Izan.

La miro fijamente. No sé qué clase de película se estará montando, pero no me gusta ni un pelo la reacción que está teniendo. No me mira, y eso me molesta. ¿Y ahora quiere marcharse? ¿Por qué? ¿Qué se supone que ha visto para que se ponga así? No estaba haciendo nada raro en la habitación, solo hablaba con Marta.

«¡Joder Zara!».

La observo, está nerviosa. Noto como le tiemblan las piernas. Mi sobrina me mira, la mira a ella y, en silencio, repite la misma operación una y otra vez.

Zara.

—¿Podemos hablar un momento? —me pide Izan.

Coge mi mano y de forma disimulada, me suelto. No quiero que me toque.

Por fin le miro a los ojos. Su mirada es dura, no me gusta, me parece injusto todo esto.

Respiro hondo.

—Estoy cansada. —Me tomo una pausa—. Ya… si eso, nos vemos mañana. —Doy un paso atrás y miro a Ana, evitando así tener que mirarlo a él.

«¿Qué se piensa, que voy a ser su segundo plato?». Me siento dolida, aunque… no sé si con él o conmigo misma por ser tan tonta, tan ingenua, por darme cuenta de que después de todo, no he aprendido nada.

—Si quieres, yo puedo acercarte —comenta Ana.

«¡Joder, no se imagina el favor que me está haciendo!».

—Sí, por favor —digo, casi en una súplica.

Ignorando a Izan, me doy la vuelta dispuesta a salir de esa casa cuanto antes.

—¿No prefieres que sea yo quien te lleve? —¡Mierda, no! Habla Izan. Trago saliva.

—No, gracias. Seguro que tienes muchas cosas que hacer —digo alejándome de allí.

Al salir, a la primera persona que veo para despedirme es a Aroa.

—¿Por qué te vas tan pronto? —me pregunta.

—Estoy cansada —suspiro, fingiendo más cansancio de lo normal—. Ha sido un placer conocerte, Aroa.

—El placer ha sido mío, guapa. —Nos damos un abrazo.

Busco a Pilar y a Victoria. Con un beso –y con la misma excusa–, también me despido de ellas y, acompañada de Ana, que me mira algo seria, salimos de la casa y caminamos hasta llegar a su coche.

—¿Mi tío y tú estáis…? —Se toma una pequeña pausa. Trago saliva y me la quedo mirando—. ¡Ya sabes!… ¿Juntos?

La miro algo avergonzada. «¿Juntos, él y yo? ¿Qué bobada es esa? ¡Total! Hemos estado casi dos semanas en la misma habitación, hemos mantenido sexo, ha ido en mi busca, ha conocido a mi padre…, ¿Juntos?». Después de ver a Marta salir contenta de la habitación e Izan detrás, me ha quedado claro nuestra situación.

—No, que yo sepa. —Se me seca la boca. Aparto la mirada—. Ha salido muy contento de la habitación con Marta, ¿no, crees? —Miro a Ana esperando que me diga algo, pero no lo hace. Trago saliva —¿Tú crees que ellos dos tienen algo? —pregunto al fin. Me asfixiaba por dentro.

—¿Mi tío y Marta? —Suelta una carcajada—. No pegan ni con cola. A Marta. —Se acerca a mí—. Si te soy sincera, no la trago. Tiene algo que… no termina de convencerme, pero como siempre ha sido amiga de mi padre y mi tío, pues me tengo que aguantar. ¡Además! En casa hubo un tiempo en el que mi abuela y mi tía creían que a mi tío no le iban las chicas. Nunca ha traído a nadie a casa, solo a ti. —Una ola de calor cubre mi cara—. Por eso te preguntaba. —Sonriendo de medio lado, entra en el coche—. Tú, en cambio, me caes bien. —Me guiña un ojo. Vale, ella sí que me cae bien a mí.

Ana logra que desconecte de Izan y Marta durante el trayecto a casa. Me cuenta anécdotas de su trabajo y me habla de lo estresante que es vivir en la gran de ciudad de Nueva York. La verdad es que, con lo joven que es, no sé cómo aguanta ese ritmo. Yo solo de pensarlo me pongo mala.

—Llevo sin conducir por Madrid una pasada de tiempo —confiesa, algo nerviosa y tensa, agarrando el volante con sus dos manos.

Yo me rio. Conducir por Madrid nuca ha sido mi devoción y, encima, los coches no dejan de pitarnos.

—Tú tranquila. No te pongas nerviosa. Si tienen prisa, que vayan por otro lado —digo intentando calmarla—. ¡Como salga por la ventanilla, te arranco la cabeza! —grito a un conductor que no deja de pitar, adelantándonos de forma peligrosa—. ¿Será estúpido el tío? ¿Pues no va y me saca el dedo? —Miro a Ana, que me mira con cara de susto, y saco la cabeza por la ventanilla de nuevo—. ¡Gilipollas! —grito con todas mis fuerzas.

—A ver si ahora… nos está esperando en el cruce de allí —dice Ana riéndose y asustada al mismo tiempo. La miro con guasa y sonrío.

—¡Pues que espere, que espere! —Me echo a reír.

Cuando me quiero dar cuenta, estamos frente al edificio donde vivo.

—¡Vaya! Pero si ya hemos llegado. —Sonrío—. ¿Te apetece subir? Me desabrocho el cinturón de seguridad.

—Me encantaría. —sonríe y mira su reloj—. Pero he quedado y voy tarde —contesta tímida.

—Cuando te apetezca quedar, o tomar un café, o lo que sea. No dudes en llamarme ¿De acuerdo? —Salgo del coche.

—Lo mismo te digo—dice divertida.

En cuanto entro en el portal, respiro. ¡Por fin en casa! Entro al ascensor. ¡Dios! Cierro los ojos con fuerza. «Esa bruja pelirroja», suspiro, «¿Qué se piensa?, ¿de qué va? ¿E Izan, a qué coño juega?». No salgo de una para meterme en otra, no me lo explico.

Entro en casa. Vanesa está a punto de salir. Camina nerviosa de un lado para el otro.

—¿Ya estás aquí, tan pronto?, ¿y la fiesta? —pregunta.

—Sí, estoy cansada —miento. La miro con curiosidad. La conozco y sé que algo le ocurre—. ¿Qué te pasa?

Dejo mi bolso sobre la mesa.

—Estoy un poco nerviosa. Miguel me ha invitado a salir en plan formal.

—¿En plan formal?

—Sí, ya sabes.

—No, no sé. Creía que eras una persona anti «relaciones» serias. —Dejo caer mi cuerpo en el sofá.

—Tú lo has dicho, era. Ahora creo que estoy sentando la cabeza. Miguel me gusta, somos muy iguales, ¿sabes? —La miro—. ¡Además! Tú e Izan, ahora que estáis saliendo… podríamos quedar los cuatro.

—Izan y yo no estamos saliendo —aclaro.

—Ah, ¿no? Está mañana no lo parecía. —Trago saliva.

—Lo último que quiero después de todo lo que ha pasado con Rafa, es volver a tropezar con la misma piedra. Paso… —Ni yo misma me creo lo que estoy diciendo—. Solo… —Trago saliva de nuevo—. Solo… quedamos, nos enrollamos y poco más.

Desvió mi mirada el televisor.

—Tú no eres de enrollarte con tíos así porque así, y menos si es el hermano de tu jefe, perdona que te diga.

—La gente cambia, solo hay que mirarte a ti. Has pasado de ser una tía liberal a querer tener una relación con un tío y, ¿en cuánto tiempo ha sido eso? —Vanesa se ríe.

—Creo que Miguel es mi media naranja, mi otra mitad. Estamos tan compenetrados… que… ¡Ay! —Suspira.

—¡Madre mía, Vanesa! No sigas por favor, que voy a terminar vomitando unicornios de colores. —Reímos. Estoy sorprendida al ver a mi amiga tan colada.

—Es que… ¡es tan mono! —Mete doscientas cosas en su bolso—. ¿Te quieres venir?

—No, gracias. —Lo último que quiero es hacer de aguanta velas y escuchar las gilipolleces que saldrán de la boca de Miguel—, creo que voy aprovechar para descansar.

Enciendo la televisión.

—Te estás haciendo mayor ¿Eh?, ahora haces como tus padres. Duermes con la tele puesta —dice burlona. Le tiro un cojín divertida.

Al cabo de unos minutos, Miguel viene a buscarla y se marchan.

¡Paz! ¡Por fin paz! ¡Paz! Hasta que el sonido del timbre rompe el momento. ¡Joder!

—Ya vooooy. —Me levanto sin ganas y miro hacia la mesa donde veo las llaves de Vanesa. Abro la puerta divertida con las llaves en la mano. Pero la sonrisa desaparece.

El corazón se me acelera y la boca se me seca.

¡Izan!

Me mira fijamente, serio y guapo, muy guapo.

—¿Qué haces aquí? —pregunto molesta, cruzándome de brazos.

Izan entra sin permiso. Cierro la puerta de mala gana y me apoyo en ella mientras repaso su anatomía con gesto desdeñoso. «¡Tiene un morro que se lo pisa!». Sonríe…, yo no.

Camina hacia el salón. Se quita la chaqueta y la coloca en la silla. Con un par de narices, se sienta en el sofá y, de nuevo, vuelve a mirarme.

Aburrida, apoyo mi hombro en el marco de la puerta y me cruzo de pies y brazos. Le miro. No tengo el cuerpo para tonterías, y menos si son las suyas.

—¿Necesitas que te ayude en algo? —pregunto, irónica.

—Me encantaría que me aclararas un par de cosas si es posible —responde con el rostro serio. «¿Encima, él es quien está molesto? ¡Increíble!».

—Creo que no tengo nada que aclarar. En todo caso, si alguien tiene que decir algo, ese eres tú. —Para chula, yo.

Se levanta del sofá. Sus ojos están clavados en los míos. Trago saliva. No puedo dejar de mirarle.  Ni siquiera me puedo explicar lo que siento en este momento. ¿Qué me pasa?

—¿Qué es lo que te tengo que aclarar? —Se acerca demasiado—. Dime, ¿Estabas cotilleando?

¡Madre mía! El corazón se me va a salir del pecho.

—No estaba cotilleando ¿Qué te crees?, ¿el ombligo del mundo? —respondo, ofendida. Una ola de calor cubre mi cara.

—¿El ombligo del mundo? —Suelta una carcajada—. ¿De qué estás hablando?

—Piensas que eres tan interesante que voy a cotillear lo que hagas o dejas de hacer con tu amiguita del alma. ¿En serio? —Mi respuesta le sorprende—. ¡Además! Lo que hagas o dejes de hacer no es de mi incumbencia. —¡Hala, ya lo he dicho! Me cruzo de brazos indignada, e intento controlar mi respiración.

—¿En serio? No ha sido esa la impresión que me ha dado —dice tranquilo.

Me indigna y me molesta su chulería.

—¿Y qué impresión te he dado? Si puede saberse.

—Parecía… —Se lleva la mano a la barbilla—, que estabas celosa.

Abro los ojos como platos.

—¡Ja! —suelto de golpe casi atragantándome—. ¿Celosa, yo? ¿De quién, de tu amiga? ¡Por el amor de Dios, Izan! ¿Tan creído te lo tienes? ¿En serio?

Vale, estoy celosa, cabreada, rabiosa… pero a él no pienso reconocérselo ni aunque me torture.

—Yo creo qué estás muy celosa. —Acaricia mi cara—. Pero no te culpo. Yo en tu lugar hubiera reaccionado peor, si te soy sincero.

Trago saliva. Aparto la mirada y no sé cómo lo hago, pero termino echándome a un lado. Cojo aire.

—Quiero que te vayas de aquí, Izan.

—¿Por qué?

—Porque sí, Izan. No…, —Me pongo nerviosa—, no quiero… —Trago saliva—. No quiero estar perdiendo el tiempo. —Ya no sé ni lo que digo. ¡Ay, Dios!

—¿Crees que pierdes el tiempo conmigo? ¿Es eso lo que te pasa? ¿Qué es lo que ha cambiado desde esta mañana, Zara? —Su mirada es dulce. Y entonces… siento que pierdo las fuerzas.

De nuevo, lo tengo delante de mí, mirándome, tocando mi cara, mi pelo.

—Por qué estás así, ¿eh?, a mí no puedes engañarme.

—¿Crees que me conoces lo suficiente?

—Sí, Zara. —Su mirada es penetrante.

—¿Crees que soy como todas? —Siento una presión en el pecho.

Izan coge aire.

—No, Zara, no creo que seas como las demás.

—¿Y en qué te basas para creer eso? —Humedezco mis labios.

—Porque a ti no te miro como a las demás. —Trago saliva.

—¿Y cómo me miras?

—Con ganas de levantarme a la mañana siguiente a tu lado…, con ganas de mirarte a los ojos y quedarme todo el tiempo así…, intentando adivinar lo que se te pasa por la cabeza.

¡Joder! Me quedo sin aire en los pulmones.

—No sé qué decir… yo… —Los pensamientos negativos me golpean en la cabeza—. Yo, yo… —Chasqueo mi lengua contra el paladar, confusa—. Izan, yo acabo de salir de una relación y, ¡joder! Tengo miedo. Tengo miedo a pasarlo mal, a sufrir. No te imaginas lo que he sentido al verte con ella. —Confusa, desvío mi mirada al suelo.

—Admites entonces… —Me coge de la barbilla haciendo que lo mire—, ¿que estabas celosa?

—Sí, lo admito. —Traiciono a mi propia palabra de no reconocer los celos que he sentido al verlo con su amiguita. Lo he hecho sin pensar. Tenerlo cerca nubla mi mente y sé, que le acabo de dar la pista más importante que se le puede dar a un hombre. Admitir los celos le dará poder, le hará moverme a su antojo y no sé si podré soportarlo.

—Zara —susurra—, entre ella y yo no hay nada, te lo prometo. —Se acerca más a mí, tanto que siento su aliento chocar con el mío—. Ella y yo hemos sido más que amigos, pero ahora solo somos eso, amigos. Estate tranquila, por favor, Zara —toca mi cara.

—Tengo miedo, Izan. —Lo miro a los ojos.

—Yo también. No puedo controlar lo que siento y eso me asusta. —Me empuja hasta él y me da un beso—. Entonces… —Lo miro sin saber que decir—. ¿Lo intentamos?

—¿Y si no sale bien? No sé si estoy preparada, Izan.

—Saldrá bien, te lo prometo. —Le abrazo cerrando los ojos y nos besamos, sintiendo el beso más intenso y más pasional que he recibido nunca.

—Lo quiero todo de ti. —Sonríe—. Quiero darte todo de mí, Zara.

Trago saliva. «¡Joder! ¿Esto es en serio o se está quedando conmigo?».

Su boca va directa a la mía. La respiración se me acelera mientras me besa y vamos hasta mi habitación. La poca luz que entra a través de las persianas crea un ambiente excitante. Me permite apreciar su figura. Lentamente, me quita la ropa y suspiro al sentir el roce de sus dedos al quitarme el sujetador. Me tumba en la cama con delicadeza y me dejo hacer por él.

Ahora mismo no soy dueña de mí, estoy a su merced.

Respiro hondo en cuanto noto su mano tocar mi sexo húmedo y caliente.

—Me gusta tocarte. —Muerde mi cuello. Gimo.

Sus manos acarician mi cuerpo, me estremecen. Es increíble todo lo que me hace sentir con solo una mirada, con una caricia, con un beso.

Se pone de rodillas ante mí.

Jadeo…

Besa mi cintura y baja por mis muslos creando un camino de besos. Mis piernas se abren solas y siento su ardiente lengua pasear por el centro de mi placer.

¡Madre mía!…

Me muevo contra su boca. Disfruto. Me vuelvo loca. Aprieta sus labios contra mi sexo una y otra vez. Siento que voy a explotar. Me entra calor, un calor sofocante.

El orgasmo me hace gritar.

—Dios, Izan —susurro sin aliento.

Se incorpora, me agarra con firmeza de la cintura y se hunde totalmente en mi interior. Los dos jadeamos…

Arqueo mi cuerpo bajo el suyo. Entra y sale de mí, una y otra vez, lento, como a mí me gusta, hasta que, de nuevo, un delicioso orgasmo se apodera de mí. Le abrazo fuerte. Segundos después, tras su gemido, se queda totalmente quieto.

Lo miro…, la expresión de su cara es de auténtico placer. Sale de mi cuerpo.

Sonríe…, sonrío y nos besamos.

—Zara, —Lo miro a los ojos—. ¿Qué estás haciendo conmigo? —pregunta como si yo tuviera la respuesta.

La misma pregunta me formulo yo, «¿Qué haces conmigo, Izan?». Pero me lo guardo para mí, y observo cada parte de su cuerpo totalmente seducida.

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Y llegaste tú, cambiando mi mundo  Parte 2/2 de [Fernweh, Coral]

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