Fresas con Nata

Capítulo 5

Llamada perdida.

 

Como si me hubieran metido un petardo por el culo, corrí hasta el despacho, cogí mis cosas y de nuevo corrí hasta el coche. Sentí todas las miradas de mis compañeros.
«¡Mierda, mierda y más mierda!» Los labios me quemaban.
Ni recuerdo cuánto tardé en llegar hasta casa.
Fui una temeraria.
Nada más abrir la puerta, Chuche se abalanzó hacia mí.
    —¡Ay mi chica! —La achuché y la besuqueé calmando así mi ansiedad.
Con la respiración entrecortada, intenté tranquilizarme, lo juro. Pero no había manera, así que como Chuche se puso un poco pesada, arañándome con sus pezuñas, eso sí, sin querer, decidí que lo mejor sería dar un paseo.
Mi cabeza iba al ritmo de mis latidos, a mil por hora.
Me senté en un banco, me fumé un cigarro; sí, ya sé que lo había dejado, pero lo necesitaba con urgencia.
No he vuelto a fumar más, ¿vale?
El sonido de mi móvil me sacó de mis pensamientos, era Sonia.
    —Hola guapa. —El sonido de mi voz delataba mi malestar.
    —¿Qué te pasa? ¿Has hecho caso a Coral?
Sonreí con pena y recordé que había olvidado el tema Jairo.
   —Me ha besado, Sonia.
   —¿Quién?
   —Él. ¡Joder Sonia! ¡Me ha besado! Sabía que me encontraba en una reunión y ha tenido la desfachatez de acercarse a mí a sabiendas que no iba a permitirme perder los papeles. —Sonia permanecía en silencio. Me senté en el primer banco que vi—. En cuanto los clientes se han marchado, ¡joder! Me ha besado, Sonia, ¡me ha besado!
    —¿Y?
    —¿Y? Me he dejado. No entiendo nada. —Resoplé—. «A veces, las cosas se complican, aunque uno no quiera» ¿Qué quiere decir con eso?
    —¡Joder Macarena! Ahora tu vida es mucho más interesante que la de los protagonistas de mi próxima novela. —Sí, Sonia también escribe, ella no duerme, escribe—. Pues no sé qué decirte chica.
    —¡Joder! Estudiaste psicología, —tiene varias carreras y no me preguntéis cómo lo ha hecho, porque no tengo ni idea. En otra vida me pido ser ella—. Dame algún consejo, dime algo.
Empezó a reírse.
    —Pues si no lo entiendes tú, dime tú que debo entender yo.
    —Hice caso a Coral.
    —¡No!
    —Sí.
    —¿Y?
    —Creo que lo voy a hacer. Voy a quedar con Jairo y voy a contarle mi situación.
    —¿Quieres darle celos?
Resoplé.
    —No, quiero que crea que no siento nada por él, que no me importa y que al igual que él, he olvidado lo que pasó entre nosotros. Además, le he comentado lo del tema del embarazo y se ha quedado en silencio.
    —O sea, que lo está.
    —Renuncio a ser hermana de mi hermana.
    —No puedes.
    —Sí, sí que puedo. No quiero volver a saber nada de ninguno de los dos. Encima mi padre ha dejado de hablarme.
    —Ay chica, pues… La verdad es que lo que te pasa a ti… es digno para estudiar. Pero mi consejo, y sé que te lo vas a pasar por ahí abajo, es que ignores a todos y cada uno de ellos. Sigue con tu vida, tu trabajo y punto y pelota. ¡Ah! Y que sea la última vez que te lías la manta a la cabeza en vacaciones.
    —Quiero morirme. —Tenía ganas de llorar.
    —No te mueras, te necesito como amiga. Además, mis hijas están esperando que las recompenses con algo más chulo que ir a esquiar.
Sonreí pensando en las niñas.
    —Voy a llamar a Jairo.
    —No te lo aconsejo. Solo te crearás más problemas.
    —¿Más de los que tengo?
    —Si lo haces —resoplé—, si de verdad quieres que ese chico se haga pasar por tu novio o lo que quieras, hazlo hasta el final. Que nadie note que se va a tratar de un montaje. Perderás toda tu credibilidad y no sería bueno para ti.
    —Vale.
    —Te aconsejo que tengas muy claro qué vas a pedirle. Redacta un contrato con tus condiciones. Discute las suyas.
    —No tengo ni idea de cómo hacer eso.
    —Si quieres, puedo pedirle a mi Hobby que me haga uno.
    —¿Me estás apoyando? —Me reí.
    —¡No! Pero vas a hacer lo que quieras y prefiero avisarte.
    —Vale, ¿y qué vas a decirle a tu marido? ¿Qué es para mí?
    —No, tranquila. Le diré que lo quiero para la protagonista de mi novela.
    —Vale. Coral ya me habló de ese tema. 
    —Pues haznos caso, por favor.
    —De acuerdo, te lo prometo.
    —Escríbeme cuando sepas algo y yo te lo mando cuando Eric lo tenga listo.
    —Solo tengo hasta mañana.
    —¡Joder! —Uy, Sonia no es de decir palabrotas. Abrí los ojos como platos—. Encima con prisas.       

    —Se quedó en silencio unos segundos—. Vale, no te preocupes.
    —Gracias.
    —No me las des todavía.
Y colgó.
Seguí sentada en aquel banco más de media hora. Chuche con ganas de volver a casa y yo, sin ganas de encerrarme a pensar en lo que había pasado, en lo que pensaba hacer y en los problemas que podría tener en un futuro si las cosas no salían bien.
Cogí el móvil, esperé una señal de (la) vida y al no obtener nada y sentirme como una idiota, llamé.
    —¿Hola?
    —Hola Jairo, soy la chica que te dejó con la palabra en la boca este mediodía.
    —Tranquila. —Se echo a reír.
Me levanté del banco y decidí ir hasta casa.
    —Dime, ¿qué quieres?
    —No lo sé.
    —¿Cuál es tu idea?
Suspiré.
    —Mi madre ha organizado una comida de bienvenida para mi hermana.
    —Ajá.
No sabía cómo explicarle todo ni cómo empezar para no parecer una gilipollas.
    —Pues…, bueno, deduzco que va anunciar su compromiso y ya de paso, comunicar que está embarazada.
    —Ajá.
    —El caso es que el chico al que va a presentar como su novio, futuro marido y futuro padre de su hijo, es el mismo con el que estuve este verano.
    —Vaya. ¿Y qué es lo que necesitas de mí?
    —No lo tengo muy claro.
    —Por algo me has llamado, ¿no?
    —Sí. Primero, porque tengo una amiga cabezona a la que se le ocurren cosas como esta y, segundo, porque… porque al final termino dándole la razón.
    —Sigo sin tenerlo claro.
    —Necesito que te hagas pasar por mi pareja.
    —Vale, no hay ningún problema. ¿Qué tendría que hacer exactamente?
    —¿Pasarte por mi novio?
    —Eso lo entendí, lo que necesito es que me especifiques. El precio varía dependiendo de las necesidades que tengas. —No entendí—. Es decir, si quieres que haya besos, que nos acostemos…
    —Ah, no, no, no. No quiero nada de eso. Solo… que me acompañes, digas que eres mi novio, me agarres de la mano y listo.
    —De acuerdo. No será difícil.
    —¿De qué precio estaríamos hablando?
    —¿Horas, días, semanas?
    —Solo unas horas.
    —Las horas sueltas las cobro a ochenta euros.
¡Venga ya! ¿Se estaba quedando conmigo? Dudé, vaya que si dudé, aquello era una pasta.
    —He de redactar un contrato —solté sin haber procesado aún la información.
    —Me parece muy bien. ¿Condiciones?
    —¿Perdona?
    —Como quieres que vaya vestido, peinado, tipo de fragancia. —¿Se podía elegir todo aquello?— Puedo ponerme lentillas.
    —¿De qué color tienes los ojos? —pregunté como una idiota.
    —Marrones.
    —Me basta y me sobra. ¿Eres alto? —No me podía creer lo que estaba haciendo.
    —Sí. Mido 1,80. Peso 70 kilos. Pelo oscuro y piel morena.
Su voz me gustaba, era muy varonil.
    —¿Edad?
    —La que tu quieres que tenga.
    —¿Quedaría entre nosotros?
    —Por supuesto.
    —De acuerdo. Ahora mismo tengo que dejarte. Te mandaré a este mismo número el contrato para que los dos firmemos, tú tendrás una copia y yo la otra.
    —Ajá.
    —¿Podríamos vernos mañana?
    —Mañana lo tengo muy difícil.
    —¿Y cómo lo haríamos?
    —¿Te llamo y concretamos?
    —Vale. —Mi voz sonó temblorosa—. Ahora tengo que dejarte.
Y nada más colgar, por fin entré en casa y me tiré al sofá.
Me estaba volviendo un poco loca.
Caminé de un lado de a otro por el salón,
Chuche no dejaba de mirarme, traía su peluche preferido para que se lo tirara y Misi, Misi paseaba, acompañándome desde el sofá.
Me di una ducha, miré el móvil tropecientas veces por si Sonia me había mandado algo. El WhatsApp quemaba, Lina, Coral y Josep querían saber más de lo que les podía contar.
Entré en la cocina, me preparé algo para comer; necesitaba tener la mente ocupada así que decidí hacer un bizcocho, lo único que sabía hacer. ¿Que cómo me las ingenié para sobrevivir un verano sola y encima con un tío? Pues muy fácil, gastándome los ahorros en salir fuera a comer y… confesando que no tengo ni idea de cocina, vamos, que ni tengo idea ni tengo intención de tenerla. Borja cocinaba muy bien, todas las mañanas me sorprendía con un desayuno diferente, pero siempre con algo en común. Fresas con nata. Ya fuesen chuches o gastándose un pastizal en conseguirlas.
«Fresas con nata» Menudo gilipollas.
Se me quemó el bizcocho. ¿Cómo? Ni idea, pero se quemó. Abrí la ventana y saqué la bandeja del horno. Aquello era incomible, aunque aún mantenía la esperanza. Me preparé un vaso de leche, galletas y cereales y, cuando volví al salón, vi una llamada perdida de un desconocido. La borré enseguida, pensaba que podía haber sido él y sabía que, solo por averiguarlo la devolvería para comprobarlo. Pero no hizo falta, el móvil sonó y el número anteriormente eliminado se reflejaba la llamada.
    —¿Sí?
    —Promete que no me vas a colgar. —Era él. De verdad que quería colgar, pero no pude.
    —¿Tendré que cambiar de número? ¿De qué vas?
    —Solo quiero hablar contigo.
    —No hay nada de lo que hablar.
    —Necesito volver a besarte.
    —Eres un cabrón.
    —Soy todo lo que tú quieras, pero no pude resistirme.
    —Yo tampoco voy a poder resistirme y de la hostia que te voy a dar, no vas a querer dos.
    —Dime que no te ha gustado.
    —No quiero que me llames.
Si, sí, pero no colgaba.
    —Necesito verte.
    —Yo a ti no.
    —Por favor.
    —No estás bien de la cabeza.
    —Estoy loco por ti.
    —Eres un cerdo.
    —Te necesito.
    —Vas a casarte con mi hermana.
    —No tiene nada que ver contigo.
    —Mira tío, en serio. Déjame en paz.
    —Sientes lo mismo que yo.
    —Te equivocas.
    —Lo noto. Sé cómo me miras, sé cómo has reaccionado nada más verme. Sé que te tensas en cuanto me acerco. No me has olvidado.
Solté una carcajada y reí sin ganas.
    —Ay, pero que equivocado estás. Mientras tú estabas conociendo a mi hermana, dejándola embarazada y esas cosas…, yo conocí a alguien.
Y se hizo el silencio.
    —¿Y quién es? —El tono de su voz cambió a enfado.
    —Y a ti te lo voy a decir. ¿Pero tú de que vas? —El corazón martilleaba mi pecho—. Además, ahora mismo estoy con él.
    —¿Sí? ¿Mientras hablamos?
    —Exacto, aunque él está en el baño, no quiero que tenga que ir a partirte la cara si se entera de que me estas molestando. —Os juro que empecé a creerlo y todo.
    —¿De verdad?
    —Voy a colgarte.
    —Abre la puerta.
    —¿Qué? —Dios mío, se me paró el corazón.
    —No voy a abrirte la puerta —me levanté sin hacer ruido y me acerqué hasta ella para mirar si de verdad estaba allí, pero no había nadie.
    —Abre —me ordenó, poniendo mi piel de gallina.
    —¿A quién quieres engañar? —Y abrí. Y sí, allí estaba, junto al ascensor.
Sonreía. Yo no.
    —Solo comprobaba… —¿Por qué narices tenía que darle explicaciones? Dio dos pasos hacía mí. Lo miré seria, no podía articular palabra, mi cuerpo se quedó quieto. Vamos, que me quedé como las tontas.
Me besó.
Con ganas.
Con ansias.
Me separé, le recriminé con la mirada y volvió a besarme.
Empujé su pecho con mis manos.
    —¿Qué te crees que estás haciendo? ¡Vete de mi casa! Evité mirarle a la cara, a los ojos, a su boca. Mis labios ardían. —¿Quién coño te crees que eres? ¿A qué juegas? —grité—.
    —Tú y yo no nos conocimos por casualidad.
Me cagué en su estampa.
     —¡Me tienes muy harta con tanto juego! ¿Se trata todo de un plan de mi hermana para fastidiarme?
    —No.
Me reí.
    —Mira, no pienso perder el tiempo. Paso de ti, de tu vida, de la de mi hermana, que seáis felices, que comáis perdices y que juntitos y de la mano, os vayáis a la misma mierda.
Y lo eché, literalmente, de mi casa. ¿Qué se había creído?
Llevé mis dedos hasta mis labios de manera inconsciente e intenté calmar mi respiración. Aún seguía junto a la puerta. Miré un par de veces y allí no había nadie. Me había hecho caso, se había marchado, pero entonces empecé a preguntarme si yo me había pasado.
¿Soy tonta o no?
No paré de darle vueltas. ¿Que no nos conocimos por casualidad? Quería saber, quería entender qué era lo que estaba ocurriendo. ¿Podría mi hermana estar riéndose de mí? Algo debí de hacerle cuando era pequeña para que me tuviese tanta manía.

                                                                                      ***

Sonia ya me había pasado el contrato que su marido había preparado, pero aquello era todo demasiado formal y yo ni era el señor Grey ni iba a ver sexo entre nosotros. Primero porque nunca funcioné así y, segundo, pues porque no.
Sin más meditación, marqué el número de Jairo.
    —¿Sí?
    —Hola, ¿te pillo ocupado?
    —No, tranquila. Acabo de terminar de estudiar. —Arrugué mi nariz sorprendida—. ¿Ya tienes el contrato preparado?
    —Verás, entre nosotros no habrá sexo. —No iba a andar entre rodeos, además, aún me encontraba nerviosa.
    —De acuerdo.
    —No te pediré nada fuera de lo común que no sea que me acompañes, que te rías conmigo, que me des la mano o incluso que me digas algo al oído.
    —Perfecto.
    —Necesito que parezca real. Que nadie tenga duda de que tú y yo estamos saliendo.
    —¿Dónde nos conocimos?
Sonreí.
    —¿En una cafetería? —¿Qué mejor sitio que ese?
    —¿En cuál?
    —Mmmm, pues no sé.
    —¿Te parece bien que sea en una del centro?
    —De acuerdo.
    —¿Café y tés?
    —Vale.
    —Domingo…, ¿o un día cualquiera?
    —Un domingo, ¿después de un día de rastro?
    —¿Qué tiempo llevamos juntos? —Mordí mis uñas buscando una respuesta creíble que darle.
    —Nos conocemos desde hace tiempo, pero… hasta hace poco no nos hemos dado cuenta que nuestros sentimientos han ido creciendo. —¡Por Dios! Llevé una de mis manos a la frente y terminé tapando mis ojos. Esto no podía estar sucediendo.
    —Háblame un poco de ti.
    —Vivo sola desde que tengo la mayoría de edad. Adoro a mi abuela por parte de padre y tengo un perro llamado Chuche y una gata llamada Misi que no hace ni caso.
    —Yo tengo alergia a los gatos.
Pensé rápido.
    —Vale, por eso mismo, casi nunca estás en casa y yo he de ir a la tuya.
    —Vale, pero yo no vivo solo—. Se me secó la boca. —Comparto piso con dos chicos.
    —Entonces… ¿nuestros encuentros? —Me temblaban las piernas.
    —No te preocupes. El piso es grande y ellos casi nunca están.
    —Por cierto, ¿dónde vives? —pregunté curiosa.
    —Lavapiés.
    —Me encanta ir los domingos al rastro. —Volví a reírme.
    —Yo lo odio, pero si a ti te encanta, a mí también.
    —¿Comida favorita?
Tenía que pensar las respuestas.
    —Me gusta todo, pero nada como los filetes de pollo empanados de mi abuela.
Escuché su risa.
    —¿Te gusta cocinar?
    —Lo odio —confesé.
    —A mí me encanta. Suelo sorprender a mi madre y hermana de vez en cuando.
    —¡Pues que suerte!
    —¿Cuál es tu color favorito?
De nuevo esas dudas.
    —¿Tienes alguna libreta que te chive las preguntas?
    —Necesito tenerlo todo bajo control. Me gusta hacer bien mi trabajo.
    —Mi color favorito es el amarillo.
    —El mío el verde.
    —¿Qué te llevarías a una isla desierta?
Solté una carcajada.
    —¿En serio todo esto es necesario? Pues… me llevaría… crema solar, semillas para plantar algo y agua, mucha agua.
    —Buena decisión.
    —¿Puedo hacerte una pregunta más personal?
    —Claro. —Me puse cómoda.
    —¿Qué buscas en un hombre?
    —Creo que esa es la pregunta más difícil que me has hecho hasta ahora. —Y venga risas. Las mías por los nervios, las suyas, imagino que por compromiso—. No tengo un estereotipo de hombre. Solo busco lealtad, compromiso, que sepa sacarme una sonrisa a primera hora de la mañana. No voy a decir que quiero que me cuide, porque para eso estoy yo, pero sí que se cuide la relación que se construye. —Y no pude evitar pensar en él, en el maldito verano, en mis malditos sentimientos y en sus malditos labios. Y vale, puede que no llevásemos mucho tiempo juntos, pero de verdad que Borja se había convertido en ese tipo de chicos en los que te hacen olvidar todo lo malo que te rodea, los que te hacen sonreír sin motivo. ¡Joder!
Todo fue tan intenso… que dolía. Aunque ahora me doy cuenta, que con quién más enfadada estaba, no era con él, sino conmigo misma, por creer mis propias ilusiones, por dejarme embaucar por un hombre que lo único que buscaba era divertirse con una mujer.
Leí un libro de Coral en el que decía muy clarito que no hay hombres cabrones, sino mujeres gilipollas, y yo había sido un de ellas.

5/5

Me gusta juntar palabras y crear significados que pongan la piel de gallina

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