Fresas con Nata

Capítulo 2

Y yo, que me lo quería perder.

People 2563491 1920 1

Uff, necesito coger aire. Son tantas cosas las que quiero contar que me agobio. Espero no transmitírtelo y si lo hago, por favor, coge aire tú también, porque la cosa no acaba aquí.
Mis padres se separaron cuando yo tenía cuatro años, solo era una cría, pero sufrí mucho. Me tuve que adaptar a dos vidas completamente diferentes.
Mi padre se marchó de casa y se fue a vivir con mi abuela. Me tocaba irme con él cada quince días. Estar con mi padre era para mí, todo amor y cariño. Además, tener a mi abuela con nosotros y saber que era quien le protegía, me hacía sentir en paz conmigo misma. Creo, que de alguna manera siempre me eché la culpa de su separación, bueno, ¿qué niño no termina pensando eso?
Vivir con mi madre era continuo estrés; estrés por el trabajo, estrés porque no sabía qué hacer conmigo y si a todo esto le añadimos, que no tardó en enamorarse de nuevo, apaga y vámonos. Qué no es que me esté quejando, ya que yo quiero mucho a Gustavo, su segundo marido, pero ella nunca fue, que yo recuerde, la que era cuando estuvo con mi padre y para colmo, mi hermana no tardó mucho en aparecer.
La verdad es que no sé por qué narices estoy escribiendo esto, tampoco a qué viene que quiera contar todas mis intimidades en este blog, en el que iba solo a usar para que se conocieran las mejores recetas de mi abuela. Empezando con mi postre favorito, fresas con nata.
En fin…
A lo que iba, que ya puestos…, cuando estaba con mi padre, yo era feliz, cuando estaba con mi madre, no. Punto y pelota. Pero de pasar quince días rodeada de lujo, cuando vivía con mi madre y Gustavo, a vivir normal y corriente, con mi padre, me descolocaba muchísimo. Bueno, en realidad me descolocaba las estúpidas niñas del colegio. Con mi padre iba en un pequeño coche destartalado y con mi madre, en un coche de lujo, conducido por un chofer.
Era tal estrés el que le «causaba» a mi madre, porque parecía que yo era la única que le molestaba, que terminó contratando a una nanny a la que hoy en día, sigo adorando a pesar de que hace tiempo que no nos vemos.
Gustavo tampoco paraba en casa, pero nunca me mostró despreció, ni que le estorbaba, nada de eso, al contrario. Me dedicaba tiempo de calidad, como si fuese hija suya, nunca me hizo de menos, para él, yo era una más en la familia y eso, me ayudaba mucho. Por eso, creo que mi padre y él siempre se llevaron tan bien, por el amor hacia mí, que tanto les unía, y sigue, por supuesto.
Mi padre siempre le ha estado agradeciendo todos los cuidados que me ha dedicado en los momentos en los que él no estaba. Y tal es el agradecimiento, que hoy en día son muy buenos amigos, tan buenos, que son socios en el negocio que mi padre, puso en marcha hace ya…, esperad que piense…, unos cuatro años.
Mi padre se pasó la vida buscando un trabajo honrado, formándose, etc. Mi madre, siempre dedicó en cuerpo y alma, a una famosísima revista del corazón, aunque perfectamente podía quedarse en casa cuidando de nosotras. Pero ahí, estoy con ella. Siempre quiso ser independiente. Amaba y ama su trabajo. Gustavo es arquitecto y gana mucho, pero que mucho dinero. Y dicho esto, agarraros que vienen curvas porque empiezo.

Estaréis conmigo, en que hay días que lo mejor que una puede hacer, es no salir de la cama, ¿verdad? Y si tienes que trabajar, pues inventarte una buena excusa: malestar general…, no sé, mil cosas que te sirvan para no salir de casa, aunque tu jefe, sea tu padre.

—Papá, lo siento. —Entré a su despacho con cara de disculpa, con la lengua fuera y sudando, por haber subido las escaleras de dos en dos, prometiendo la caída del año.
—¿Qué te ha pasado esta vez? —Ni siquiera me miró al hablar, ojeaba unos documentos.
—Las sábanas, que se me han quedado pegadas. —Evité sonreír, ¿pero qué otra cosa podía decirle, sino la verdad y solo la verdad?

Se levantó para darme un abrazo y se lo agradecí con una sonrisa. Necesitaba toda su energía para superar el día que me esperaba.
—¿Estás bien? —Se me quedó mirando, analizando los gestos involuntarios de mi cara.
—Claro, papá.
—Desde que volviste de vacaciones has estado muy distraída y tú, nunca has sido así.
—¡Por Dios, papá! ¿Es que no me ves? —Fingí la mejor de las sonrisas y di un giro mostrando el peor modelito que había elegido para ese día.
¡Ese día en concreto!
—¿A qué hora has quedado con la pareja que viene a ver el recinto? —No os hacéis una idea de lo que a me dedico. ¿Os lo cuento?
¡Venga va! Os vais a reír, lo estoy viendo.
Me encargo de organizar bodas. Sí, sí, os podéis descojonar, no me importa.
¿Imagináis el esfuerzo que he tenido que estar haciendo hasta ahora, poniendo buena cara y deseando felicidad y perdices a todos esos enamorados que vienen celebrar la boda de sus sueños?
Hace varios años, mi padre decidió invertir lo poco que tenía en un bonito restaurante. Muchos clientes vieron un lugar idóneo donde celebrar sus enlaces y tras una boda llegó otra y así sucesivamente. Lo que empezó siendo un simple comedor, terminó ampliándose y poder organizar bodas. Puedes elegir si casarte al aire libre, si prefieres una imitación a la iglesia o incluso varios escenarios para dejar que tú imaginación vuele, desde un puente atravesando una bonita cascada, hasta una pequeña explanada con arena de playa. Se puede ambientar a cualquier época
Un gran jardín rodea los cinco mil metros cuadrados del que disponemos y que conste, que no estoy haciendo publicidad ¿eh? Pero aquí todo el mundo sale contento. Por cierto, aquí se celebra desde bodas, a reuniones de empresa y cumpleaños, sin olvidar los bautizos. Todo aquel matrimonio que quedó contento con su experiencia aquí, no dudan en celebrar el bautizo de sus sueños también. Cosa que yo no entiendo. ¿El bautizo es para el niño, o para los padres? Siempre me quedará esa duda.
Mi función es hacer realidad todo lo que los clientes piden, y no os cuento todo lo que da de sí la imaginación de cada uno. Pero si para mí es difícil poner una bonita cara, imaginad el esfuerzo que debe hacer mi padre, que decidió ser juez de paz y así poder casar a las parejas. Y si él puede, yo también, ¿no? Él es uno de mis mayores ejemplos.
Aquí es dónde Gustavo, mi segundo padre, toma protagonismo. Si no fuera por él, este sitio no existiría, ya que el puso mucho dinero y el diseñó el lugar. Le honra, porque a pesar de todo, son socios al cincuenta por ciento.
En fin…
Miré la hora en mi reloj.
—Sobre las doce. ¿Por?
—Tú madre me llamó esta mañana y me comunicó, que Helena viene este fin de semana. Vamos a realizar una comida aquí. —Entorné la mirada.
—¿Comida, o fiesta? ¿Vendrá mucha gente? ¿Prensa, del corazón, gente pagada diciendo que son amigos?
—No seas así, Macarena. Es tu hermana. Además, lleva mucho tiempo fuera.
—Pues yo pasé más tiempo de vacaciones y nadie me hizo una comida cuando vine, es más, fue como si me hubierais visto el día anterior.
—Maca, deja de comportarte como una niña pequeña. Es tu hermana. —Cogí aire.
—Está cada dos por tres aquí, ¿por qué una fiesta de bienvenida? ¿Acaso lo es? —Me crucé de brazos indignada.
—¿Qué es lo que tienes en contra de ella? Lleva mucho tiempo fuera. —Se fue a Londres a mejorar su inglés. —Es tu hermana y eres la mayor.
Ya empezábamos con el mismo temita de siempre.
—¿Qué tendrá que ver que sea la mayor?
—Mucho, Macarena. —Resoplé. A buena mañana ya iba a darme algo.
—Tengo mucho trabajo. —Me acerqué para darle dos besos—. ¿Nos vemos luego?
—Este tema no puede quedarse así. Tu madre me ha pedido que, por favor, seas tu quien prepare todo.
¡No, no y no!
—Repito, tengo mucho trabajo y ni quiero ni tengo tiempo, lo siento.
—Cariño, estoy cansado de poner de mi parte para que hagas algo por ella. No entiendo ese rechazo. —Claro, ¿Qué iba a entender él?
—No la conoces tan bien como yo. Y por si no lo sabes, siempre estuve ahí para ella, pero claro…, como yo no soy la niña de su papá, no le valía. ¿Acaso imaginas todos los desprecios que he recibido de ella, delante de sus amigas? —Mi padre permanecía en silencio—. No, claro. Andabas demasiado ocupado como para preguntarme si, cuando yo venía de estar con mamá, estaba bien. ¡Es un bicho! ¡Y una pija!
—Por la forma que tienes de hablar de ella, parece que tienes celos.
Parpadeé de forma lenta, notando el subir y bajar de mis pestañas. ¿Perdona? Vamos, que preferí no contestar a hacerlo con lo que tenía en la punta de la lengua.
—Me marcho. He de ser puntual.
—Es temprano.
Caminé directa hacia la puerta. Ni beso, ni abrazo y ni un hasta luego.
—Tengo trabajo que adelantar. Qué aquí, la gente no se casa sola—. Cerré la puerta fuerte dando a entender que estaba muy, pero que muy enfadada. ¿Celosa yo, en serio? ¿Pero que era lo que veía la gente? No era la primera vez que escuchaba algo así, pero de mi padre…, ¡nunca! Lo prometo.

Cuando estoy contenta, voy a por el dulce; si estoy triste, también y el hecho de estar enfadada, no iba a ser menos. Directa me fui hasta la cafetería.
—La napolitana de tres chocolates más grande del mundo y un café doble.
Yolanda, la camarera más joven, me miró reteniendo una sonrisa. Y yo, enfadada, la miré con cara de «como te rías…, te enteras»
—¿Qué te ocurre? —Captó al vuelo mis pensamientos.
—Nada que me apetezca hablar ahora mismo. —¡Ah! No os he dicho que a veces soy tan borde, pero tan, tan borde, que hasta me doy asco—. Perdóname, no he empezado bien el día, lo siento. —Lo bueno es que enseguida me doy cuenta y reculo. Sé pedir disculpas y esas cosas.
—Perdonada, pero que sepas que con una sonrisa, estás mucho más guapa que sin ella. —Y sonreí. La verdad es que no costaba tanto.
Con el estómago ya lleno, caminé hacia mi despacho y, una vez dentro, me apoyé en la puerta, inspiré y exhalé todo el aire acumulado, sintiéndome así mucho mejor.
Muchos odiarán su profesión, a mi me encantaba adquirir un papel de maja y simpática con la vida resuelta que me gustaba, era como tener otra yo y sí, lo sé, muy triste, pero creerte tu propio papel me evadía de mis problemas, aunque supusiese morderme la lengua en muchas ocasiones.
Tras programar la agenda de todos los empleados, marcando los días que teníamos celebraciones, me levanté. El tiempo corrió en mi contra y los clientes estaban a punto de llegar… Maldita la hora, os lo juro.
Después de varios minutos esperando, por fin, un coche de alta gama, color negro y con los cristales tintados, giró hacia dónde me encontraba. Con una sonrisa me aparté a un lado y cogí aire con la idea de ser la chica maja y simpática, que oye, simpática si que soy, que conste.
Y mira tú por donde, que el cuerpo es muy sabio, algo empezó a moverse en la boca de mi estómago.
Un hombre corpulento, alto, vestido con un traje azul marino salió de la parte de atrás y, seguidamente, la chica, la cual me quitó el aliento, el hipo, el aire en los pulmones y todo lo que tenía dentro.
La chica ¡Era Helena!, mi hermana.
Y ahí no quedó la cosa, porque cuando el chico se dio la vuelta y se acerco a ella para darle un puto beso en los labios, me morí, literalmente. Morí, había muerto. Tal cual, muerta, tocada y muerta.
Él, el que tantas noches me había robado el sueño.
Él, el que tanto me había quitado.
Él, el que prometió una simple llamada.
Él…
Él, que al verme no mostró ningún signo, ni de sorpresa, ni de asombro, nada.
Con apariencia calmada, reteniendo el aire en mi interior, los observé caminar hacia mí. Él buscaba mi mirada y ella, ella sonreía con esa sonrisa tan falsa y tan suya. Iban agarrados de la mano y recordé la de veces que cogió la mía. Caminando por la playa, descalzos, hablando de nuestras cosas, riendo, besándonos, abrazándonos.
Tú, que me estás leyendo, ¿qué hubieras hecho en ese momento? ¿Hacer lo que yo y no reaccionar, o lanzarte a montar el espectáculo y pedir unas explicaciones que ya no me pertenecían?
—¡¡Sorpresaaa!! —¡Y menuda sorpresa de mierda que me dio! ¿Se entiende ahora, porqué mejor me hubiera quedado en la cama e inventarme alguna buena excusa para no haber venido? —¡¡Sorpresa!! —canturreaba con los brazos abiertos, como si de verdad se alegrara de verme. Me abrazó y yo tuve ganas de matarla.
El seguía mirándome y aproveché para asesinarle con los ojos.
—¿Qué haces aquí? —La forma en la que formulé mi pregunta no le gustó mucho.
Os voy a ser sincera, con ella no era capaz de adquirir un papel de simpática, y menos, en ese momento, así que con las mismas que engurruñó la nariz por mi pregunta, yo junté el entrecejo… ¿Perdona? ¿Hola? ¿Te crees que soy idiota?
—¿No te alegras de verme después de dos meses fuera? —¡Ay Dios! Señor todo misericordioso, ¿qué hice en otra vida para que me castigaras así?
—Sabes que te quiero y mucho, pero lejos. ¿Que haces aquí? —Sonrió la muy petarda. Sabía dónde encontrarme, me buscó y salí.
Tragué saliva.
¿Sabes lo peor de todo? Que ella sabía lo que pase en Málaga.

Dadme un segundo que vuelvo a ahogarme. Este tema aún no está superado, ¡Uff!

Necesitaba hablar, no quería molestar a mis amigas y como ella se encontraba en casa en ese momento, le vomité todo sintiéndome mucho peor. Mientras le narraba lo sucedido y cómo me sentía, ella miraba su Instagram. Pretende ser una influencier de esas que se llevan ahora.
¡Joder! Le enseñé varias fotos, para eso si tuvo la decencia de mirar y de decir «¡Joder! ¿Y dices que ese chico se ha fijado en ti?»
—Hola, Macarena.
El tono que usó para pronunciar mi nombre, hizo que un escalofrío me recorriera entera.
Evité mirarle en todo momento.
—Maca, este es… —Miré a mi hermana con cara de asesina—. Mi prometido.
Se me secó la boca, separé mis labios para poder decir algo, pero me quedé en blanco. ¿Su qué? ¿Prometido? ¿En serio?
—Ya—. Chasqueé mi lengua contra el paladar. Respiré con profundidad.
—Vamos a casarnos. —La seguía mirando.
—¿Y? —Parpadeé—. Pues enhorabuena ¿no? —Creo que eché ácido por la boca. Y con las mismas, me di la vuelta. No estaba dispuesta a dejar que me siguiera humillando.
—Macarena—. De nuevo su voz, la de él. Cerré los ojos con fuerza. Aceleré el paso—. ¡Macarena por favor! —Me cogió del brazo y consiguió girarme.
—Intenté llamarte.
—Vete a la mierda.
—De verdad que lo intenté, perdí el móvil.
1…, 2…, 3…, 4…, 5…, 6…, 7…
—Suéltame el brazo si no quieres que llame a los de seguridad.
Tardó solo unos segundos en hacerlo.
—No es todo lo que parece.
—Ah no, claro.
Helena no tardó en acercarse.
—¿Os queda mucho? Quiero que mi prometido —Dios, esa palabra me producían arcadas, sobre todo su forma de decirla—, vea las instalaciones.
—Pues mira, ya tienes trabajo que hacer.
—¿Es tu trabajo, o es el mío?
—¿Como prefieres que te mande a la mierda?
—Tan ordinaria como siempre.
—Y tú tan estúpida.
Me largué. Quería, y deseaba desaparecer, pero no sin antes llamar a mis amigas, a las que les contaba todo. Coral, Lina y Sonia. Pero solo pudo atenderme Coral.
—Coral al habla.
—¿Qué haces?
—Tomándome un trozo de bizcocho casero de mi abuela. ¿Estás bien? Te noto alterada.
—Necesito un cigarro, dos…
—Qué pasa.
—Mi hermana.
—¿No estaba en Londres?
—Sí…, no… no sé. —Me estaba alterando—. Ha aparecido aquí, va a casarse.
—¿En serio?
—Con Borja.
—¿El chico de la playa? —Casi podía ver cómo se ponía de pie.
—El mismo. ¡Joder, Coral! ¿Qué coño hago? ¿Cómo crees que debo actuar?
—Empieza por respirar hondo. Mantén la calma y coge tu papel de chica maja.
—El papel de chica maja ha desaparecido y no creo que vuelva.
—¡Encuéntralo! O invéntate uno, pero ¡ya!
—No puedo, no puedo. —Empecé a derrumbarme—. Es muy fuerte todo esto. No, no lo entiendo. —Y lloré, dolida, confundida, rabiosa… Tapé mi cara con las manos y dejé caerme al suelo.
—Macarena, recuerda, tú puedes más que todo eso, eres inteligente. No te dejes llevar por la rabia, ni por lo que sientes hacia tu hermana o él. Da igual. No tengas prisa por responder a tus preguntas porque te generarán otras.
—Es que no entiendo nada.
—Ni falta te hace. ¿Sabes que diría Sonia y Lina?
—Qué.
—Que cojas aire, levantes la barbilla y si has de agacharte, que sea para atarte los cordones o mirarte los zapatos. ¿Entendido?
—Vale. —Ya me sentía más calmada, aunque tenía el corazón a cien.
—Saldré ahí afuera y ya está.
—Eso es, cariño. Iré a buscarte a medio día, ¿vale? Nos iremos a comer.
—De acuerdo.

—¿Puedo pasar? —Miré por encima de la pantalla de mi ordenador. Observé a mi hermana de arriba abajo y, sin contestar, seguí con lo que estaba haciendo—. —Sé que estás enfadada.
Paré de teclear.
—No, no lo sabes. —Se acercó hasta mi mesa—. ¿Qué quieres? ¿A qué has venido? ¿Ha burlarte de mí? —Me crucé de brazos.
—No. Siento… Lo siento mucho.
—Eres fría como el hielo, ni sientes ni padeces.
—Tienes una imagen de mi muy poco agradable.
—Es la que siempre me has mostrado.
—Lo siento. —Su cara de inocente no me decía nada.
—¿Qué quieres? —le volví a preguntar.
—¿Vendrás a la comida este fin de semana?
—No. —Pero, ¿qué se creía?
—Te necesito allí. Tengo algo importante que contar y quiero que estés.
—No creo que haga mucha falta, yo ya me he enterado de que te vas a casar.
—Necesito que estés. —Y otra vez con la necesidad.
—Por si no lo sabes, aquí no hay cámaras, nadie nos está viendo, puedes ser la misma de siempre. Deja el victimismo para otro momento.
Su cara era asombro.
—¿Y cómo crees que has sido tú? —Tal vez debí cuestionármelo en ese momento.
Suspiré y decidí seguir con lo que estaba.
—No voy a ir a ninguna comida este fin de semana, he quedado con las chicas.
—También están invitadas.
—No les hace ilusión.
Silencio.
—Siempre las has preferido a ellas antes que a mí. —Su respuesta hizo que la mirase—. Lo único que tenían que hacer era llamarte y enseguida estabas ahí para cuando ellas te necesitaban. ¿Y yo? ¿Yo he estado alguna vez? —Me reí.
—Deja el drama para cuando publiques en Instagram, contando lo mal que te va la vida en Londres y lo mal que tienes el pelo un día de lluvia.
—Eres igual que mamá. —Eso me dolió.
—¿Sí, tu crees? Sé que estás intentando provocarme. Pero no lo vas a conseguir. Así que deja de perder el tiempo y vete por dónde has venido. Enséñale las instalaciones a tu prometido.
—Deberías escucharle.
—Y tú no deberías meterte dónde nadie te llama.
—¿Sabes una cosa? —Caminaba hacia la puerta—. No te preguntes porque tienes una vida de mierda, porque con esa actitud, es normal que todo te vaya como te va.
—¿Y tú que sabrás de mí, si nunca te has molestado en preguntar como estoy?
Y sin decir nada más, salió, dejándome con un mal sabor de boca, con un mal cuerpo y muy, pero que muy pensativa.
¿Podía, o no tener razón?
A partir de ese momento, sentí que iba cuesta abajo. Cancelé la comida con Coral, apagué el móvil y me pedí la tarde libre. Necesitaba descansar en todos los sentidos, si lo que quería era coger fuerzas para todo lo que se me venía encima.

Me gusta juntar palabras y crear significados que pongan la piel de gallina

6 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *