Fresas con Nata,  Personal

Capítulo 1 Tonta del tres al cuarto.

Imagen De PublicDomainPictures En Pixabay

 

    ¡Qué bonito es el amor!… O eso dicen… Yo no, que conste. Si soy sincera conmigo misma, creo que el «…y fueron felices y comieron perdices» nunca existió.

¿Quién inventó esa frase?

Feliz eres un tiempo, mientras conoces a esa persona y muestra lo mejor de sí mismo, pero… ¿Dónde está la llamada que prometió hacerte?

Estoy tan enfadada conmigo misma…

Vaya forma de sufrir gratuitamente.

Pff…

Es que…

No os hacéis una idea de lo que ha sido mi vida respecto al amor. Me niego aceptar que… —voy a llamarlo X—, sea parte de tu felicidad.

 

Juro que mi intención no era ponerme a vomitar lo que siento sobre… X. Yo solo quería esto para subir alguna que otra receta de postres de mi abuela.

—Abuela, es hora de que el mundo conozca lo buena repostera que has sido siempre —Fue lo que le dije. Ella ilusionada, claro, y ahora…, ahora lo único que me apetece es… Admitir que soy una fracasada en el amor.

Exacto, una fracasada.

FRA-CA-SA-DA

Duele leerlo, pensarlo y admitirlo.

Que por qué soy una fracasada. Esa pregunta me la llevo haciendo toda la vida. Tampoco es que tenga mucha recorrido pero… no sé.

¿Lo suelto o qué? Total, no creo que esto lo vaya a leer nadie, aún no he publicado nada, será… mi secreto.

Cojo aire, ¡venga va!

Joder…

No es fácil, ¿eh?, esto de contar lo fracasada que he sido en esto… de… ¿cómo se llamaba? Ah, sí, amor, no X.

Siempre he sido, y creo que sigo siendo, una chica transparente, sin tapujos, sin pelos en la lengua como dice mi abuela. Me he considerado una mujer sincera aunque, a veces, eso mismo haya creado ciertos problemas con los demás. Soy una incomprendida.

Si tengo un mal día no soy muy amigable y hasta que no me tomo el primer café, no soy persona.

Si me caes mal, no puedo fingir que me agrada tu presencia y si me buscan, me encuentran.

¿Soy cariñosa? Deja que lo piense. Depende de con quién y lo que quiera en ese momento.

Tengo dos gatos, Misi y Misu, y un perro, Chuche. Los gatos pasan de mí, están conmigo por interés, comida, agua y un sitio dónde dejar sus necesidades. Chuche, al contrario, será por ser perro, no se separa de mí ni para ir al baño, con ella soy más que cariñosa, por supuesto.

Nunca he tenido un novio formal ni tampoco creáis que he sufrido por ello, pero siempre me he preguntado… el por qué.

Soy feliz con mi vida. Tengo trabajo, un piso propio, mis animales… Familia, aunque… Eso es un tema aparte que si no os importa prefiero dejar para más adelante.

Ya sabéis, hasta que me sienta preparada, porque si con los hombres no he tenido mucho éxito, con la familia tampoco mucho que digamos, sobre todo con mi madre y mi hermana pequeña, Helena.

¿Seré la oveja negra de la familia?

Nunca lo había pensado y admito que me siento un poco desconcertada al respecto. Me estoy dando cuenta que no soy todo lo feliz que debería ¿no?

¿Por qué siento toda esta presión en el pecho?

¿Y por qué tengo ganas de llorar?

Está claro que toda la culpa la tiene el X y ese mamonazo que me ha dejado atontada por completo.

¿Qué quién es?

Uno al que conocí este verano. Decidí tomarme unos días de vacaciones, me fui a Málaga. Alquilé un apartamento, dejé a mis animales con mi gran amiga Coral y…  Mi intención era disfrutar, desconectar, descansar…

Pero no. Era mucho pedir, al parecer.

Os lo cuento rápido, así, sin mucho detalle, a ver que os imagináis vosotros.

Metro ochenta.

Pelo claro y alborotado.

Ojos grandes, rasgados y oscuros.

Cuerpo cuidado.

Tatuajes. En la espalda, en el brazo, y en el torso.

¡Ay Dios!

¿Os habéis hecho a la idea?

Vale.

Pues también es bueno en la cama…

Cariñoso…

Besucón…

Empotrador…

Sí, sí.

Un gilipollas.

Un hijo de su madre.

Un desgraciado.

Y un mentiroso.

¡Un mentiroso!

¿Sabéis que me dijo después de pasar casi dos meses juntos cuando se supone que solo iba a pasar unos días? «Ya te llamaré».

¿Ya te llamaré? ¿En serio? ¿Ahora se dice así?

Voy a contar lo que ocurrió porque de veras que lo necesito y con urgencia.

Perdona abuela, por no empezar hablando de tus deliciosas recetas de fresas con nata.

Decidí irme de vacaciones. Bueno, mis amigas; Sonia, Lina y Coral, me obligaron a irme de vacaciones, a relajarme para quitar todo el estrés acumulado del año.

Vale, venga, les hago caso. Llegué al apartamento un domingo por la mañana y nada más llegar, preparé toda la ropa, coloqué un poco a mi estilo, sí, soy maniática, lo siento; me puse el biquini y, hale, me fui yo a la playa tan contenta, no sin antes llamar a mi padre para decirle que había llegado bien y a mis amigas, por supuesto. Si no lo hubiera hecho se hubieran presentado y lo que yo necesitaba era descansar, literalmente, de todo y de todos.

Coloqué con cuidado mi toalla con más años que el sol y como no noté que el sol pegaba mucho, decidí tomar un poco de vitamina D.

Al final, me quedé dormida y no recuerdo el tiempo que estuve con la boca abierta mientras me abrasaba, pero la sombra de un hombre corpulento, hizo que me levantara las gafas de sol e intentar averiguar de quién se trataba. Por un momento se me pasó de todo por la cabeza.

    —Perdona. ¿Te encuentras bien? —Me incorporé y humedecí mis labios, tenía la boca seca—. Llevo un rato observándote. —Miré a mi alrededor. La playa estaba llena de gente.

    —¿Y? ¿Algún problema?  —En cuanto mis pupilas se adaptaron a la claridad y lo vi, creí haberme muerto por un golpe de calor.

    —No quiero parecer impertinente, pero… hoy hay alerta por rayos ultravioleta y no he visto que te hayas echado protección.

Dejé de respirar.

 ¿Estaba delante de un psicópata asesino en serie, un violador, un espía, un atracador? ¡Por Dios! Lo que pensé en un momento de nada.

    —¿He de llamar a la policía? —Mi voz sonó temblorosa. Tanteé la arena hasta alcanzar mi mochila, que por cierto, abrasaba.

    —No, tranquila. El sol es peligroso.

Me puse mi camisola lo más rápida posible.

    —No solo el sol es peligroso. —Arrugué mi entrecejo notando la tirantez de mi piel y me levanté—. Si me disculpas, he de irme, mi novio me está esperando. —¿Y sabéis qué? Sonrió el muy idiota.

Salí echando leches de la playa a pesar de que mis pies se abrasaban por la arena y fui al hotel, donde todo el mundo me miraba como si acabasen de ver a un ser extraño.

¿Os habéis quemado alguna vez tanto, tanto, tanto, que ni os habéis reconocido ante el espejo? Yo, que nunca he sido de tomar el sol y soy más blanca que la leche, pues imaginad.

La madre que me parió ochenta veces, me quedé dormida escuchando las magníficas canciones de Bruno Mars.

Todo mi cuerpo era color bogavante, menos donde tenía el biquini y las gafas de sol. ¿Os imagináis el espectáculo? Ni pude dormir esa noche, ni tampoco las tres siguientes. Tuve que ir a urgencias. Allí, claro, los médicos y enfermeras intentaban mantener la compostura, porque si llego a ser alemana, pues lo mismo entienden que ni idea de protección solar tienen, pero ¿yo? No sabía si imitar acento y hacer que no entendía el idioma.

Con paños fríos pase la primera noche, y venga a echarme aftersun, ahí, a tope, como si no hubiera un mañana. Me salieron ampollas y tuve fiebre. Cosa normal, ni siquiera sé cómo pude salir de aquello.

Pues oye, que no se qué fue, que empecé a pensar en la sonrisa de aquel chico. Ya no sabía ni que pensar, porque tuvo razón, pero ¿a quién se le ocurre decirle a alguien, sobre todo a una chica en el tiempo en el que estamos, «te llevo observando un rato»?

 Pues eso.

Solo deseaba no volver a encontrármelo, nunca, jamás de los jamases.

Deduzco que ya os imagináis que eso no fue así ¿no?

Había pasado una semana y casi había perdido el color gambón, ahora iba bicolor, sí, el de mi piel, blanco como la leche y el rojo oscuro tirando a un moreno pero no. Vamos, un color muy raro tirando a sucio.

Decidí salir a dar una vuelta. La playa no la pisaba por el día por miedo a quemarme otra vez. Así aprovechando que ya se había ido el sol, pedí una cerveza y gustosamente decidí irme a caminar descalza por la orilla. 

El ir y venir de las olas me relajaban y mira que yo nunca fui una chica de playa, creo que empezó a gustarme cuando mi hermana comenzó a odiarla.

Iba tan sumamente centrada en mis pensamientos que ni me di cuenta, ni vi, a la persona que tenía delante.

 No me lo podía creer.

    —¿Me estás siguiendo? —Ni pensé en la pregunta. ¿Qué pensaba que me iba a decir? Sí, claro, llevo siguiéndote desde que llegaste aquí. 

    —¿Y tú a mi? —¿En serio? Lo miré desconcertada.

    —Yo no sigo ni observo a nadie.

    —Pues no dejas de mirarme— ¿Como no hacerlo? Lo tenía frente a mí.

    —Claro, estás ahí delante como un pasmarote. —Sin poderlo remediar, lo miré de arriba abajo.

    —Eres muy guapa. —Sus labios se ladearon dibujando una pequeña sonrisa. No supe que añadir al respecto y tragué saliva como una idiota. —¿Te apetece tomarte algo conmigo?

    —Pues no. —Por fin salió mi voz. —¿Qué te crees? ¿Que me tomo algo con cualquiera? ¿Tan desesperada me ves? —Vale, lo admito, empezaba a estarlo.

Se quedó en silencio, observándome serio, confuso por mis palabras.

    —Solo quería ser amable, pero bueno. —Pasó por mi lado. —Qué pases una bonita noche. —Y se marchó, sin más. Y yo…, yo me quedé allí como una idiota  ¡joder! Sí que estaba desesperada, me sentí tan ofendida porque ni siquiera insistió. Si me lo hubiera preguntado una segunda vez, me lo hubiese pensado.

Seguí mi camino, me bebí la cerveza de un trago y maldije por lo bajo y cuando regresé al mismo chiringuito, de nuevo, lo vi.

Estaba apartado, hablaba con alguien por teléfono. Decidí observarlo.

¡Menuda espalda! Debía de hacer bastante ejercicio.

En dos ocasiones me pilló mirándolo y sonrió, como si el observarle, fuese su propósito.

Suspiré por tonta y terminé mirando hacia otro lado, hasta que terminé mi bebida.

Y no, no se acercó.

Me fui directa al hotel. Esa noche no tenía ni ganas de salir, ni de cenar, y menos sola. No entendí muy bien el porqué no se me iba su maldita imagen de la cabeza y mil veces me pregunté si había sido demasiado borde.

¿Yo, dudando de mí?

¿Desde cuándo?

Pues algo mental debió hacerme, porque lo que empezaba a pasarme no era muy normal en mí. Bueno, a ver, no quiero haceros creer que soy de piedra, pero realmente, una cara bonita, una sonrisa picará y un tío como él, no… ¡joder! ¿A quién quiero engañar? Porque está claro que a vosotros no.

Al día siguiente, decidí pasar la mañana en la playa, eso sí, con crema de factor +50 y con una sombrilla, por si las moscas. Una parte de mí, muy tonta, por cierto, esperaba que apareciese de nuevo. La verdad es que aquello me empezó a carrear un problema, porque mi viaje era para pensar sobre mi yo y mi vida. Y no para pensar si aparecería o no de nuevo aquel… ¿cómo lo llamé al principio? Ah, sí, psicópata asesino.

Y no, no apareció.

Solo dos días más tarde, cuando ya me había olvidado de él (jajaja, no me lo creo ni yo), tras bajar a la piscina del hotel, en el ascensor, alguien decidió llamar mi atención.

Sonreía de oreja a oreja.

    —¿Te hospedas en estos apartamentos? ¿O es que me estás persiguiendo?

 Noté como se me sonrojaban las mejillas y un calor denso recorrió mi cuerpo. Sonreí.

    —Me hospedo aquí desde que llegué. —Decidí ser amable, al fin y al cabo, no tenía nada de malo ¿no?

    —Me llamo Borja.

Y ahí empezó mi maldición… ¿Y sabéis por qué? Porque me enamoré locamente de él. Sí, sí, como lo estáis leyendo. Me enamoré, perdí la cabeza, la dignidad y mi faceta de chica mala y dura para convertirme en el ser más estúpido sobre la tierra.

Todo empezó en la piscina, con la tontería de jiji, jaja, tú me miras, yo también. Que si nos intercambiamos los nombres, que sí nos contamos un poco el porqué de nuestra visita… Que si nos sentamos juntos, que si decidimos ir a tomarnos algo… Que si entramos a la piscina.

Un roce…

¡Oh Dios! Un puto roce me volvió loca.

Que si trago saliva porque no sé qué decir, que sí él sonreía por todo y cada vez que lo miraba, más guapo me parecía. Guapo y elegante, que el hijo puta lo tenía todo.

Que si comemos juntos, que si ¡uy! Mi mano roza la tuya, que si… ya puestos «¿nos tomamos algo otra vez?» Que si la música acompaña, que si miradas que lo dicen todo, deseo, excitación y la madre que me parió.

Nos besamos, de ahí a mas besos, de más besos pasamos a tocamientos y de tocamientos, a jueguecitos. El muy… el muy desgraciado aprendió enseguida donde tocarme para excitarme, para volverme loca. Lo hicimos en una de las discotecas, fue rápido, pero denso y lo mejor lo dejamos para cuando volvimos al apartamento, donde los dos parecíamos animales deseosos por nuestros cuerpos. Por escuchar nuestros gemidos, por gritar nuestros nombres.

De una noche pasó a otra y así todo el tiempo que estuve allí, que fueron… ¡casi dos meses!

Ahora, que todo no fue sexo, también hubo muchísimas conversaciones, donde me terminé abriendo, contando todos los problemas con mi familia, en especial, con mi hermana pequeña, Helena, fruto del segundo matrimonio de mi madre.

    —¿Nunca os habéis sentado en una mesa y habéis hablado del tema? —Sus ojos pronto encontraron a los míos al igual que su dedo índice encontraron mis labios.

    —Con ella nunca se puede hablar. Pasa de todo y lo que es peor, pasa de todo lo que yo tenga que decirle.

    —¿Y siempre habéis sido así?

Unté de mermelada una de las tostadas que me había preparado.

    —No recuerdo nunca haberme llevado bien con ella, la verdad.

Sirvió café.

    —¿Y tus padres?

    —Si mis padres se meten, es solo para defenderla a ella y reprochar mi actitud. Y bueno, si te tengo que hablar de lo que mi madre opina al respecto, mejor seguimos desayunando.

Se acercó para abrazarme y me dio un beso en la mejilla que me supo a gloria bendita.

    —Ahora no me dejes así. ¿Qué opina tu madre?

Sonreí y rodeé su cuello con mis manos.

    —Dice que soy una envidiosa. —Besé sus labios.

    —¿Y lo eres?

    —Mmmm —Volví a besarlo—. Me envidio ahora mismo por tenerte tan cerca solo para mí. —Mordí su labio inferior con la intención de provocar a la bestia que llevaba dentro—. ¿Me convierte en eso en una envidiosa?

Me levantó en peso y me echó sobre la cama ya desecha.

    —Yo también me envidio por tenerte desnuda bajo mi cuerpo. —Me volvía loca. —Es acercarme a mí y sentir ese cosquilleo tan puro sobre mi estómago.

No sabía ni que responder a ese tipo de comentarios, así que pronto rodeé su cintura con mis piernas.

    —Haz lo que quieras conmigo. —Sonreí con malicia.

    —Ah, ¿sí? —Se incorporó y coloqué mi pierna sobre su hombro. Empezó a acariciarla despacio, desde el tobillo hasta el interior del muslo, rozando el centro de mi cuerpo. Me estremecí.

    —Me pones guarrona —dije entre risas.

No teníamos paciencia con los juegos ni preliminares, era decir las palabras mágicas, y sentirlo entre mis piernas, saliendo y entrando de mi cuerpo buscando mi placer.

    —Me vuelves loco —susurró cerca de mi oído, poniendo mi piel de gallina—. No quiero que estas vacaciones se acaben nunca.

Abrí los ojos como platos y empujé su pecho con mis manos. Estaba confuso, al igual que yo. 

    —¿Qué pasa?

    —Eso digo yo. ¿Qué pasa?

    —¿He dicho algo?

 Me incorporé y no tardé en tapar mi cuerpo.

    —No hemos hablado de lo que va a pasar cuando…, cuando nos marchemos.

Hubo un silencio dañino que se instaló en la boca de mi estómago.

    —¿Qué quieres que pase?

Respiré ofendida.

    —¿Qué quieres tú que pase? —Fui a levantarme de la cama, pero el me lo impidió.

    —Eh…, eh… —Agarró mi cintura—. No pienso dejarte escapar si eso es lo que te preocupa. —Besó mi mejilla, mis labios, mi barbilla, mi cuello.  Y caí, caí ¿cómo qué? Como una tonta.

Disfrutamos de los pocos días que quedaban con mucha más intensidad que los anteriores aunque con pena a la vez.

No cabe duda decir, que los dos terminamos quedándonos en uno de los apartamentos, ¿para qué pagar dos?

Una locura que no volveré a repetir lo que me queda de vida.

¿Sabéis cuales fueron sus últimas palabras, antes de despedirnos y coger cada uno, el transporte para llegar a nuestro destino? 

    —Prometo llamarte nada más pisar tierra. ¿De acuerdo? —Vinieron a recogerle en un coche privado, tenía que coger un avión.

¿Y os ha llamado a vosotros?

A mí tampoco.

El número al que marcaba, siempre estaba apagado o fuera de cobertura. Nunca llamó, deseé que Facebook hiciese milagros y encontrarlo. Pero no fue así.

¿Y sabéis lo que eso supuso? 

Me deprimí.

Me sentí lo peor.

Infeliz.

Todos en la familia notaban que algo no iba bien a pesar de que intenté disimularlo. Incluso mi hermana se acercó, pudimos tener una «pequeña» conversación mientras ella miraba sus redes sociales y asentía con la cabeza aunque no hubiese dicho nada.

Por primera vez en mucho tiempo, me desahogué con la persona que nunca esperé hacerlo.

¿Y sabéis cuales fueron sus consejos?

«Si es que eso te pasa por tonta» «¿Y cómo te has podido fiar de un tío como ese?» «¿Tan bueno estabas como para perder la cabeza?»

En fin, menos mal que mis amigas de toda la vida, las más fieles y leales, las que nunca me han fallado, nunca jamás de los jamases, estaban allí, a mi lado. Sonia, Coral y Lina. Las hermanas que elegí tener, la familia que siempre me mostraron ser, se encontraban a mi lado. 

Me gusta juntar palabras y crear significados que pongan la piel de gallina

7 Comentarios

  • Bea Pe

    Jolín, Borjita… Un nombre tan pijito y luego no tiene ni un poco de educación para llamarte después de las pedazo de vacaciones que os habéis pegado juntos…
    ¿Y si no es que ha pasado de ti? ¿Y si es que algo ha ocurrido que le ha impedido llamar? (aunque suena extraño, la verdad).
    Venía buscando la receta de fresas con nata, pero tu historia me ha enganchado.
    Por cierto, ¿cómo te llamas?
    Espero impaciente tu próxima receta… quiero decir tu próxima publicación 😉

  • Carmen Pilar

    Ya estás tardando en subir el segundo. ¿Como se llama ella??? Se auto llama de muchas formas (me apena su baja autoestima),pero no me suena que halla dicho su nombre.
    No entiendo porque eligió a su madre para compartir esa experiencia si desde el principio deja claro que nada de relación ….enfinnnnn que m gusta la frescura con la que escribes. Esperando el segundo🤔

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