El peor día de mi vida…

 

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Acababa de prepararme un café, ni siquiera le había dado el primer sorbo y hablaba con Lina, mi mejor amiga, mi cuñada y con mi marido por vía whatsaap. También había abierto el archivo para seguir escribiendo la novela. Recuerdo con exactitud, decirle a Lina. “Hoy será un gran día, me lo voy a comer” y casi el día me come a mí.

Como todas las mañana, me levanté, preparé el desayuno, me despedí de mi hijo el mayor que iba hacia el instituto y a las 9,00 h, llevé a mi hijo el pequeño hacia el colegio. Al volver , hablaba con mi amiga Miri, decíamos de quedar esa semana para hablar de nuestras cosas y que nuestros hijos jugaran. Llegué al ascensor y una voz hizo que dejara las puertas abiertas, era ella, Carol. Mamá de dos niños pequeños, que falleció ese día mientras intentaba escapar. Hablamos sobre los niños y orgullosa, le hablaba de Luna, le comentaba que le encantaba que la cogiera en brazos y que había una cafetería frente al cole dónde me dejaban pasar con ella y poder así tomar mi café tranquila y sin pasar frio.

Me despedí de ella, acaricié su brazo y dije “hasta luego, guapa

Llegué a casa, recogí y barrí. Como me había levantado temprano, tenía casi todo hecho.  18 minutos después… todo empezó.

En mi vida pensé verme en una situación como esa. No recuerdo haber pasado tanto miedo como aquel día, estaba siendo consciente de que iba a morir y no quería morir así, spensaba en mis hijos, en mi marido…

Empecé a oler a humo, y por un momento, pensé “Mierda, el ordenador se me está quemando o el teclado exterior, que no funcionaba”  Alguien gritó desde las escaleras, llamaba a Javi, el portero. Creo que todo el mundo hizo lo mismo, abrir la puerta de casa para ver que ocurría.

Tras abrir la puerta del pasillo, el olor se intensifico, entró mucho humo y entonces, sentí como el corazón se me aceleró como nunca antes, vamos, ni en las novelas que escribo a los protagonistas se le aceleran de esa manera. Cerré de inmediato y volví al salón. Dios,  al ver desde la terraza una columna de humo, me cagué. Intenté llamar a mi marido, era tal el pánico que se me olvidó como hacerlo. Le mandé un audio de WhatsApp (vaya ocurrencia) también a mi cuñada y a Lina, todo esto mientras empapaba toallas y las iba dejando por las puertas. El de la planta siete hizo lo mismo, abrir la puerta de la calle, pero el no pudo cerrarla a tiempo como yo, el humo lo empujó varios metros y su casa se convirtió en chimenea. Los chicos que estaban allí decidieron salir por la terraza asustados, uno de ellos, bajó dos plantas de ventana en ventana porque en la planta cinco, había una niña pequeña (su madre salió un momento a la farmacia de abajo a por medicinas, ya que la pequeña estaba mala).  Menos mal, que decidí dejar todo cerrado tras limpiar porque hacía mucho frío, porque sino, no sé como hubiera salido de todo aquello. Mi terraza no está cerrada y hacia de bolsa, todo el humo se acumulaba allí.

Aún escucho los gritos de mis vecinos pidiendo ayuda, el ruido. Toqué el suelo muerta de miedo por si quemaba, pensaba que el incendio era en el piso de abajo, en el octavo y llegué a imaginarme de todo.

Me encerré en el baño, abrí los grifos y cuando allí no se podía estar por todo el humo que entraba, salí corriendo a la habitación de mis hijos con Luna en brazos, que no dejaba de lamer mi nariz y boca.  Ella temblaba al igual que yo, me fui a una esquina mientras hablaba con mi marido, le decía que le quería mucho y que por favor, cuidara de los niños si me pasaba algo,  también hablaba con Sonia, mi vecina y amiga del primero, a la que llamé asustada y pobrecita mía, intentaba tranquilizarme.

Creo que después de ocho días, aún no soy del todo consciente de lo ocurrido, no lo sé.

Oí a los bomberos y me sentí tranquila, a salvo, aunque pensaba que el edificio podía caerse también, no sé, miles de cosas pasaban por mi cabeza una detrás de otra sin piedad ninguna.

Cuando el humo desapareció, fui hasta la terraza, allí ya podía respirar y cogí aire, mucho aire. Una vez allí, escuché a los bomberos decir que nos quedáramos en nuestras casas, pero yo no podía respirar en la mía y entonces, recordé a Rusa, mi hámster. La había dejado en la habitación de mis hijos, fui corriendo con Luna de nuevo en brazos, cogí la jaula de Rusa y la dejé en la terraza. Allí vi como reanimaban a alguien. Cuando me fijé en las zapatillas empecé a negar con la cabeza, “no, no, no, no, no por favor, no” las zapatillas eran de ella, de Carol, en un principio pensé que era su marido, luego en el hospital me confirmaron que era ella. Joder, seguía sin entender nada.

Mi marido no dejaba de llamarme, me acordé del bolso y fui a por él, pensaba en mil cosas y creo que ninguna era coherente, porque tras volver a la terraza, me acordé de las llaves de casa y volví a entrar pensando que  podríamos volver  después. El humo era cada vez más denso y ni siquiera podía abrir los ojos. Las llaves de la puerta quemaban. Cuando volví a la terraza, un bombero me bajo desde la grua.

Nada más bajar y entrar en un sitio seguro, mi marido vino cirriendo. En ese momento ni sentía, ni padecía, no entendía nada. Menos mal que le hice caso y pedí al samur que me miraran, que me raspaba la garganta. Cuando me miraron el dióxido en sangre, me trasladaron a la ambulancia y tras estar un buen rato allí, decidieron llevarme al hospital junto a mi vecino el del cuarto, gracias a sus hijas, mis hijos estuvieron bien,  ellas se encargaron de todo, y Laura, se encargó de Luna,  no tenía dónde dejarla y no podía entrar al hospital.

Allí estuvimos hasta las seis y pico de la tarde, a Eusebio y a mí nos hicieron todo tipo de pruebas necesarias para ver los gases y como funcionaban nuestros pulmones. Seguía sin entender nada de lo ocurrido y no dejaba de ver videos por internet del incendio. No dejaba de pensar en Carol, revivía el momento nuestro del ascensor, su sonrisa, a sus hijos y a su marido.

Después de ocho días, aún no hemos vuelto a casa, aunque eso es lo de menos. John, ha perdido a su mujer, sus hijos a su madre… y duele, duele mucho.

Este post va dedicado a todos mis vecinos a los que saludaba con unos buenos días y que ahora, nos damos un abrazo y dos besos nada más vernos.

Sobretodo a ella, a Carol, una mujer extraordinaria y una madre aún mejor. Sé que nunca te separas de tu familia a la que no le faltará de nada. Estaremos ahí. Hay muchas recolectas y donaciones para ellos. Todo el barrio se está volcando, un gesto bonito, humano y precioso de las miles de personas que sufrieron con todos nosotros.

A mi portero Javi, que ese día fue un héroe.

A Eusebio, Aurora, Sonia, Dani, Miri, Ana, gracias por vuestra ayuda, por vuestros abrazos y por cuidar de mis niños cuando estaba en el hospital.

¿Sabéis que he aprendido de todo esto? No hay nada más importante en esta vida, que poder estar con los tuyos, lo material no sirve nada más que para distraernos de lo más importante, la vida.

 

6 comentarios sobre “El peor día de mi vida…

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